Robar no es un delito

Jamás he dudado de que ese ferreñafano acomplejado, angurriento y ambicioso que se llama Luis Castañeda Lossio detesta Lima con toda su alma de mercader sin Venecia.

| 04 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.9k Lecturas
1989

Todas sus decisiones tienen como objetivo hacer de Lima el sueño de un huachafo, la modernidad entendida por un alarife lector de prensa chicha.

Y las multitudes lo aplauden porque con él está garantizado de que lo que queda de Lima será destruido. Y lo que se levante en su lugar tendrá el aspecto puto rabioso de la avenida La Marina. O sea que será la postal que Castañeda Lossio le mandaría orgulloso a sus paisanos invasores de Pómac.

Ayer debe de haber sido un día de gloria para Castañeda Lossio y su Combo (demoledor). Porque ayer, el Congreso –ese colgajo que le quedó a la democracia cuando la ignorancia tomó el poder- ha aprobado una ley que consagra la invasión como forma de propiedad y convierte a los ladrones de tierras y terrenos en propietarios titulados y a los dueños privados de esas hectáreas invadidas en “expropiados con justiprecio”, o sea en estafados crónicos.

Esa ley ha venido con el sello de urgente desde la cueva de Alí Babá –llámese Palacio de Gobierno por razones de protocolo-. Porque en la cueva de Alí Babá estaban necesitados de votos para asegurar el decolaje del Hércules presidencial, ese que se fue a Pisco a prometer que la ciudad sería reconstruida en seis meses.

Y qué mejor que obtener votos con la propiedad de otros, la tierra de terceros, los títulos legítimos de los que no tuvieron, pobrecitos, a un Rómulo o a un Químper que los representase.

El Estado ladrón y forajido, el que condona impuestos a los mineros y les sube el draw back a los exportadores pero no puede devolver lo robado del Fonavi, ha encontrado la fórmula perfecta: una ley que titule a sus pares ladrones y formalice el robo.

El criterio es el siguiente: si el robo se ha perpetrado hace años, entonces el robo ya no es robo. Es la teoría de Delgado Párker sobre las deudas que no se pagan si son viejas. Es la meritocracia del delito decretada por el Estado. Es la antigüedad del crimen lo que borra el crimen. Es como hacer carrera chaveta en mano.

O sea que si yo estoy en un terreno que jamás fue mío pero que es mío porque me dio la gana y porque un traficante me lo vendió, y si no me han podido sacar de él porque el abogado que nos ayuda conoce las mejores covachas del poder judicial, y han pasado los años y veintidós recursos de amparo me han mantenido en el terreno que no era mío pero que es mío, entonces, digo, viene el Estado compadrito y con antifaz y me dice que todo está bien, que ahora ya soy dueño y que viva Piérola y que recontraviva Alan García.

Una ley como esta sólo puede ser concebida desde conceptos muy latos de la propiedad. Para decirlo sin remilgos: es una ley diseñada por ladrones para perpetuar el latrocinio. Es la mejor manera de acrecentar la popularidad alentando la barbarie. Es un reconocimiento oportunísimo a “los héroes de Pómac”, esos que mataron a dos policías y que ahora pueden plantear una reconsideración a su “derecho de propietarios”. Es el uti possidetis traducido en Piedras Gordas.

Por eso decía que Castañeda debe de estar feliz. El de ayer es un paso de gigante para quienes, como él, sueñan con una ciudad estropeada, deliran con esos pocotones de cemento y asfalto que crecen como bubas, y construyen vías rápidas que, de inmediato, taxis irrespirables y micros asesinos habrán de colapsar.

La última hazaña de este Atila brotado espiritualmente de Pómac –o sea Castañeda Lossio- es el masivo y eficaz intento de destruir Barranco.

Como Barranco tenía historia y prestigio, sobrevivientes y literatura, casas lindas y departamentos nuevos que no desfiguraban el paisaje, a Castañeda no se le ha ocurrido nada mejor que penetrar Barranco con su monumentalmente ladrón “Corredor metropolitano”, que ha funcionado como pata de cabra en casa de Martín Adán.

En efecto, Castañeda ha desviado –dizque definitivamente- la ruta de los microbuses salvajes que él mismo alienta porque allí están los votos hacia las avenidas del Sol, Lima, San Martín o Pedro de Osma. Gente que había hecho la inversión legal de su vida comprándose un departamento en una zona tranquila de lo que queda de amable en esta ciudad, ve hoy cómo, gracias a Castañeda, sus ventanas se tiñen de carboncillo y sus días de bocinazos y sus madrugadas de humos y gritos.

La misma gentita de Castañeda ha reconocido que a la hora de trazar el monumentalmente ladrón Corredor Metropolitano no pensó en Barranco y no hizo ningún estudio de impacto ambiental para ese distrito que sólo merecía respeto. Por eso es que Barranco ha sido partido en dos y por eso es que zonas como el Óvalo Balta simplemente han desaparecido.

Barranco en trance de ser destruido y/o desfigurado. La ley de Alan García que consagra el robo y premia a los ladrones. Grandes jornadas todavía le esperan al dúo García y Castañeda. El primero prometió un día que haría lo posible por desaparecer a la clase media –claro, él dejó de pertenecer a la clase media porque se convirtió en azafata de la Confiep-. El segundo odió tanto a Lima desde que la pisó que juró que un día sería su alcalde. Sólo estará feliz cuando Lima se parezca a sus gustos.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista