Regalos de navidad

Habrá que regalarle al amor un poco de menos entusiasmo. Y al desamor una dosis de memoria.

Por Diario La Primera | 24 dic 2008 |    

Y a los grandes sueños con mayúsculas un manual del escepticismo y una enciclopedia del fracaso.

Y al árbol que se alza creyéndose el fundador de todas las genealogías, regalémosle la sombra de otros árboles mejores.

Y al bosque una pradera.

Y a la pradera un mar.

Y al mar un gran naufragio.

Al egoísmo debemos regalarle una guerra civil congolesa.

Y a la neutralidad, una ruandesa.

A Steven Spielberg, un huérfano de Gaza.

Y a Alan García deberíamos regalarle perspectiva (en dosis de caballo).

Y a Obama, al que sólo Shangó podrá salvar, una disminución del patriotismo.

Y a la estrella de Belén un astrónomo sumerio para que diga toda la verdad.

Y a los sodálites -las barras bravas de Dios- la cortesía intelectual de la duda.

A los que se volvieron, ya viejos, defensores del viejo orden habría que mandarles la foto de la primera enamorada.

A Fujimori, la espada con la que jamás se haría el Harakiri porque el Harakiri es el restablecimiento del honor y no se restablece lo que nunca se tuvo.

Debemos regalarle a la mujer de al lado una mirada y al niño menesteroso un llamamiento y a Cipriani la fe del carbonero.

Y al que no pide nada, debemos regalarle más que nunca.

Sería de lo mejor regalarle a la izquierda un poco de derecha y a la derecha un tiburón blanco.

El mejor regalo para Genaro Delgado sería devolverle el alma (encontrada en una escena del crimen).

Y a Dionisio Romero habría que regalarle un libro sobre la fugacidad.

Y a Bernard Madoff un juego de Monopolio.

Y al pobre diablo, un libro de Hugo Neira para que se consuele.

Al Señor de los Milagros, un milagro.

Y al cielo de Lima, una foto del cielo de Huaraz.

A los comunistas sobrevivientes, una réplica del único muro que la demagogia igualitaria no podrá derribar: la Gran Muralla China.

Al señor Bush hay que regalarle dos montañas: una de cadáveres iraquíes y otra de caca.

Al nuevo Adán, un paraíso (fiscal).

A los fanáticos, un poco de perdón.

Y al perdón, sabiduría.

Y a la sabiduría, un poco de tristeza.

Y a la tristeza, nada. Porque nada necesita la tristeza.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista