Recuperar mi mitad

“Uno es sólo la mitad de uno, la otra mitad es su expresión” – Ralph W. Emerson

Los niños, todos los niños sin duda, son en extremo expresivos. Hablan casi todo el tiempo con toda la potencia de su voz y, a la vez, hacen muchísimos gestos y ademanes mientras dicen lo que dicen.

Por Diario La Primera | 10 jun 2012 |    

Es fácil comprobar sin embargo que durante su crecimiento, sobre todo cuando se acercan a la adolescencia, van moderando su expresión, aquietándola cada vez más hasta, cuando ya casi adultos, hablan sin utilizar el cuerpo, quiero decir que ya creciditos son más verbales que corporales en su expresión. Viene bien tratar este asunto ya que la cita que abre esta columna es una comprobación que nos reta a recuperar esa mitad la que por diversas razones hemos dejado de utilizar.

Comprobar lo que Ralph Emerson nos dice, resulta bastante fácil, a diario nos encontramos con gente que se expresa menos que a medias: voces bajitas, apagadas, casi murmullos; gestos pobremente expresivos y muchas veces no alineados con lo que se dice; desplazamientos con poca energía, desganados, apáticos, aburridos, en suma gente que necesita a gritos recuperar sino toda su otra mitad, al menos una buena parte de ella.

Un hombre a la mitad puede estar desperdiciando el disfrutar de la vida, de su vida y de la de aquellos con los que vive o con quienes interactúa. Un hombre a la mitad se está perdiendo el expresar a plenitud lo que piensa y siente, tiene menos posibilidades de hacerse escuchar, de reclamar, de exigir lo que le corresponde por derecho, un turno de atención por citar un ejemplo.

El hombre, a medida que crece, va perdiendo gran parte de su expresión como producto de un entorno que en vez de fomentarla la va limitando a punta de prohibiciones, de estrecheces, de amenazas y de sanciones. Se sabe bien que los miedos que se instalan en nosotros a temprana edad, generalmente nos acompañarán a lo largo de la vida.

¿Por qué soy la mitad? ¿Cómo recupero mi otra mitad? Dos preguntas y una respuesta: aprendizaje. Hemos construido nuestra máscara aprendiendo, bien o mal, por tanto invirtiendo el proceso, o sea desaprendiendo lo que aprendimos mal, podemos comenzar a recuperar, a completar nuestra unidad.

Pocos son aquellos que ante la posibilidad de ser plenos, de expresarse con absoluta libertad, de hacerse escuchar, en fin, de existir, se niegan a intentarlo. Algunas veces una fuerte impresión dispara nuestros resortes emocionales y nos acercamos a nuestra máxima expresividad, lo que, si somos conscientes de ello, es una comprobación de su presencia latente. Otras veces unas copas demás nos muestran bastante más desinhibidos, participativos, simpáticos, etcétera, lo malo de este método es que no es bueno para la salud.

Sugiero atender a nuestro recurso vocal, ya que considero es un indicador claro de expresividad. A más energía en la voz corresponderá sin duda una mayor expresividad. Pruebe entonces a comprobar primero la cantidad de energía que emplea al hablar y si no le satisface comience por subir el volumen en su hablar cotidiano y verá como el gesto irá apareciendo en su lenguaje corporal: rostro y manos por ejemplo, acompañando a un contacto visual sostenido con su interlocutor le devolverán poco a poco su otra mitad para ser uno, único y diferente entre los otros.


    Jaime Lértora

    Jaime Lértora

    ¡Habla Jaime!

    Columnista