Recuerdos del Arequipazo

Hace diez años, Alejandro Toledo pudo tener su Conga. Fue entre junio y julio de 2002 que se jugó la privatización de las eléctricas del sur a favor de la empresa Tractebel (sucursal de Suez de París), contra la oposición del pueblo de Arequipa.

| 06 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.2k Lecturas
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Toledo había suscrito con las organizaciones de esa ciudad y ratificado en actos públicos, que Egasa de Arequipa y Egesur de Moquegua y Tacna, no se privatizarían bajo su gobierno. Lo mismo había hecho en Lima en relación a Sedapal. Pero en la capital de Francia, después de electo, le ofreció a la Suez la concesión del agua de Lima. Cosas que ocurren en los procesos electorales y que luego los medios nos la cuentan como el misterio entre la primera y la segunda vuelta, o entre el entusiasmo de las promesas y el choque con la “realidad” desde el gobierno.

En fin, Toledo no se atrevió con Sedapal porque ya andaba bajo en las encuestas y no quiso enemistarse con Lima. Por lo que ofreció una compensación en Arequipa, obviando el carácter de los habitantes de esa ciudad. Por entonces el “cholo” se había conseguido su propio Castilla, solo que con apellido polaco y pasaporte de Estados Unidos, y no sabía que tenía también un Valdés anticipado en el despacho del Interior. PPK, por supuesto, armó un sicosocial típico anunciando que sin privatizaciones el presupuesto de ese año se caería y habría que lanzar una avalancha de impuestos (años después diría que sin privatizar Sedapal, la capital rebalsaría de excrementos, mientras paralizaba el crédito japonés para crear la planta de tratamiento de San Bartolo).

Pero el que llevó al presidente al borde de su propia Conga fue Fernando Rospigliosi, el exizquierdista más derechista desde Ravines, quien le dijo cien veces que los paros pacíficos que Arequipa realizaba, anunciando su oposición a la privatización, eran “fracasos”, porque lo que los radicales querían es hacer asonadas y no les salían. Así que una ciudad desierta y embanderada no decía nada, y el ministro del Interior se burlaba en voz alta, de la misma forma como lo estuvo haciendo hasta hace unos días con la huelga de Cajamarca. La privatización entonces llegó como un “Conga va, no acepto ultimátums de nadie”, y se armó el desmadre.

Rospigliosi se había ganado su asonada y ordenó responder con fuerza disparando las lacrimógenas al cuerpo y a la cabeza de los protestantes, produciendo dos muertos, los primeros a igual tiempo de gobierno de lo que lleva Humala (17 muertos). Cuando la situación se hizo más descontrolada y las divergencias se agravaron en el gabinete y en el toledismo, el presidente empezó a dudar. Pero Valdés ilustrado, digo Rospigliosi, le dijo que con un poco más de energía se impondrían a los revoltosos, mientras PPK advertía que una privatización ya hecha no se podía revertir. La Conga estaba servida.

Pero Toledo intuyó que no iba a ganar la batalla de la terquedad y en un raro acto de lucidez, decidió dejar sin efecto la decisión anterior, dejando en el aire a su ministro del Interior (que renunció) y provocando otra desfachatada declaración de PPK que dijo que la desprivatización no tendría impacto presupuestal, y se quedó en el cargo. Toledo se salvo de Conga. Lo que temo es que la soberbia que ha tomado a Ollanta en estos tiempos, le impida siquiera una solución así, después de haber agotado las que eran más sofisticadas.

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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista