Recordando a Calvo

A diferencia del Ramón Sijé de Miguel Hernández, que se murió como del rayo, César Calvo se nos murió como de un trueno. Del trueno de la palabra airada y del amor que se grita desde la ventana.

| 12 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.5k Lecturas
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La poesía de Calvo sólo quería oírse. No estaba escrita (o dicha, o garabateada, o despilfarrada en una tertulia) para los críticos sino para la música.

Hay poemas de Calvo que parecen sinfónicos y otros que son como piezas de viola de gamba de Bach: sus referentes son la propia sonoridad, el vasallaje puro de la palabra que no le debe nada a nadie sino a la furia y al ensamble arbitrario.

Era poesía galopando en endecasílabos, poesía en combate de armonías y, como toda verdadera poesía, no abría ninguna puerta ni disimulaba ningún concepto: iba resueltamente a la nada y al viento, que todo se lo lleva menos el recuerdo de lo que nos emociona.

Contra el hábito de la poesía mensajera, contra los traductores inconfesos de Pound, contra el prestigio de las telarañas, Calvo era ibérico sin complejos y sonoro (y hasta vacío) como una múcura. En Calvo había un sonero de alto vuelo y un mujeriego insomne que podía volar a ras del suelo.

Y en su poesía había sexo y toallas, sombras de cacerías y postdatas salobres dichas sin disfuerzo pero con grandeza. Ésta le era natural y por eso no ofendía. Calvo era una fuerza que sólo el Perú pudo, al fin, prematuramente, derrotar.

¿Vivió en el exceso?

Bendito sea. Pero vivió a más no poder. En un país de estatuas y pusilánimes de todas las pieles, el charapa Calvo zurcía sus estrofas sin tener miedo de llamarlas estrofas y buscaba a la mujer en las mujeres con el mismo sentimiento de fracaso con que, al final de sus días, llamó a algunos de sus amigos.

La vida no tiene sentido y eso Calvo lo sabía con la certeza de los iluminados. Y como no tenía sentido había que embriagarse en su misterio, y, en su caso, embriagarse de verdad, sin misterio y con resaca.

Calvo esperaba cada mañana como si fuera la última. Y era la última. Y escribía porque le salía de los cojones, no de la astucia ni de las ganas de posteridad. Escribía no para salvarse sino para consolarse con esa música con la que siempre se iba a otra parte.

Y tuvo la ironía estentórea de morir de septicemia en el Perú de Fujimori. Y morirse sordo en un país donde ya nadie parecía hablar. Calvo no escuchó, entonces, los gruñidos de la década pasada: suerte olímpica de Baco sanmarquino.

Dicen que, enfermo terminal de los oídos, sólo escuchaba sus propios borborigmos y goteos, el atoro de sus fluidos y la marcha lenta de su máquina anegada. A él, prisionero de las músicas, le fue dado oír sólo el idioma visceral de su decadencia. Hasta en eso fue único.

Y ahora los dejo y me voy a leer Ausencias y Retardos, el más leve de sus libros, el que más quiero.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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