Raúl vive en la combi

Después de acabar con buenas calificaciones la secundaria en un lejano pueblo de Apurímac, Raúl llegó a Lima con la ilusión de convertirse en abogado y volver a su tierra con la intención de defender los derechos de su gente ante el abuso de los que mandan en las minas.

| 08 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Sin embargo, lo que había aprendido en el colegio no fue suficiente para pasar el examen de ingreso a la universidad y fracasó en tres intentos en los cuales gastó casi todo el dinero que sus padres habían conseguido para él vendiendo sus vacas a los hombres poderosos del pueblo.

Para no defraudarlos, Raúl les mintió a sus padres en una carta. Les dijo que había ingresado y que los visitaría en las vacaciones de verano para festejar. La verdad es otra.

Con la ilusión de recuperar el dinero perdido empezó a trabajar en lo que sea hasta que un chofer de la cuadra donde vive en un pequeño cuarto le pidió que le ayudará a cobrar los pasajes. Aceptó. Todo iba bien hasta que en uno de los paraderos finales de la combi, en el Callao, una jovencita chalaca se enamoró de él y no lo soltó hasta que le hiciera un hijo.

Raúl la llevó a vivir a su cuartito en el pueblo joven al norte de la ciudad. El amor en ese cuartito salió volando por la ventana.

Raúl ya no es bienvenido y su presencia en casa solo sirve para exaltar a la chalaca que hace unos días llegó al extremo de arrojarle un cuchillo que se clavó en la pared de madera. Nadie sabe en qué momento aquella jovencita hermosa que quiso un hijo de él se convirtió en la desquiciada que no soporta ahora su presencia y para lo único que lo quiere en casa es para que deje lo que ha ganado en la combi.

—Maldita sea, le hubiera dicho la verdad a mis padres y hoy estaría en mi pueblo tranquilo —le dice al chofer.

—Así es la vida, compañero, mientras se calma la loca de tu mujer puedes vivir en la combi.

Hace tres semanas, Raúl vive en la combi y en este tiempo ha perdido la noción de las horas que pasan. Ayer, a la dos de mañana, lo encontré en la Plaza Bolognesi llorando en la combi vacía, mientras esperaba pasajeros. “Llora por su hija”, me dijo el chofer. Se repuso y siguió llamando gente para “todo Brasil”, “la Marina”.

Me dijo que desayuna con dos soles; almuerza, con tres; y cena con cuatro. “El resto de lo que gano, que no es mucho, es para mi hija”. “Ya, pero no puedes seguir viviendo en la combi”. “Es mejor así, hasta que tenga la valentía de decirle la verdad a mis viejitos”. “Ok”.

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