Que se me venga la noche

Todos dicen “se le viene la noche” cuando quieren decir que alguien la va a pasar muy mal y he visto esa frase en los periódicos demasiadas veces en los últimos tiempos. Debo decir que no comparto esas calumnias en contra de la noche.

| 28 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 515 Lecturas
515

Será porque la noche es mi territorio y mi sociedad. Porque de noche escribo y a veces, también de noche, amé y obtuve algunos viceversas. Porque la noche es negra como “Platón”, el labrador gourmet que tuvo una abuela llamada “Misisipi”. Negra como Billie Holiday, que se pinchó con morfina hasta morir y cantaba como una diosa triste “Solitude”, que no era sólo una canción sino una declaración de principios.

El desprestigio de la noche es tan viejo como Dios, cuya primera tarea, como se sabe, fue separar las tinieblas y conectar el cielo a la red de luz del universo. Los nazis llegaron a llamar “Nacht und Nebel” –Noche y Niebla– a la escogencia de los prisioneros –sobre todo judíos– que morirían en sus infames campos de concentración. Y en el “Cantar de los cantares”, Salomón le hace decir a una mujer que sin duda merecía más: “Nigram sum, sed formosa” (“Negra soy, pero hermosa”). Vinculo ambas cosas porque el prejuicio en contra de la noche viene del racismo y va a hacia él. “Venus negra que embruja con su filtro lunático” escribió, malbarateando la noche, el español Emilio Carrere, fundador de la novela policiaca madrileña. Y qué decir del nictofóbico Lope de Vega, que llega a insultar a la noche con estos endecasílabos odiosos y esforzados: “Porque siendo alcahueta de mil modos/ te sirven las estrellas de coroza,/ para que miren tus infamias todos…”

Los pesares son negros y las noches son de brujas y Malignos. De noche dicen que ocurren las mejores traiciones de arma blanca y negro es el futuro cuando las hadas no te simpatizan. Y aunque la señora Bovary se salteaba al marido en pleno día, la noche y el adulterio han sido atados con nudos marineros. La noche y el luto son primos literarios, la noche y la lobreguez son hermanos de imagen, y los hombres sombríos están hechos de negra tinta china que gotea. Otelo es nigérrimo tirando al carbón pero a ningún nenúfar se le ocurre ser negro y si hubiese habido claveles negros alguien les habría atribuido un maleficio, o sea una leyenda tan negra como la esclavitud.

La Real Academia sigue diciendo que negro es ausente de todo color, como si el negro de las andaluzas se viera desvaído y pudiera ser descalificado por algún idiota salido del arcoiris. Y las novelas de Chandler son negras porque bucean en basureros urbanos mientras que los negros de la literatura son los que prestan gracia a los ágrafos que quieren editarse y hasta premiarse con su “Planeta” más. Y ya no necesito decir por qué hay trata de negros pero no de negras porque para eso está la trata de blancas, qué me dices. Y, claro, me dirán que hay una Nochebuena. Pero, justamente: por algo es Nochebuena y no, sencillamente, una buena noche.

Y de todo ese betún de las palabras vienen las diatribas sobre la noche, que no es falta de claridad sino énfasis voluntarioso de la oscuridad y éxito del silencio.

Yo he pasado muchas noches en blanco leyendo un libro que no me dejaba, o pensando en musarañas que me exigían tiempo, o mirando una ventana a la que nadie iba a asomarse (y que por eso valía la pena una vigilia). Siempre supe que de noche los olores del campo se duplican y que sólo de noche, en algunos cielos que nada tienen que ver con Lima, uno puede ver las estrellas que sirven para achicarnos y recordarnos qué ínfimos terminaremos siendo no importa lo que hagamos. Porque el día es un espejismo de grandeza humana pero la noche te evoca la caverna, el primer miedo de la especie, el lenguaje que fue antes de que las lenguas se guerrearan.

Que se me venga la noche.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista