¿Qué hacemos con el Movadef?

El primer ministro Jiménez acaba de anunciar la más reciente medida antiterrorista del gobierno: ninguna embajada y ningún organismo del Estado recibirá a los subversivos que no han renegado del pensamiento Gonzalo.

| 07 noviembre 2012 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Esta determinación refuerza otras iniciativas como la de expulsar del magisterio a los profesores con antecedentes de violencia, la ley del negacionismo (que prohíbe negar que lo que hubo en el Perú fue terrorismo) y otras decisiones que aparentemente estarán dirigidas a los que salen en libertad después de haber cumplido su carcelería.

En diversas partes del mundo deben estar sorprendidos por esta extraña costumbre de los terroristas peruanos, de querer ser recibidos por autoridades estatales, o de buscar ganarse la vida trabajando legalmente o finalmente convertir sus opiniones en amenazas para el orden legal. No es el tipo de problemas que provocan Al Qaeda, las FARC y para el caso el propio Sendero Luminoso de hace veinte años o su remanente selvático dirigido por los hermanos Quispe Palomino.

En general, el llamado terrorismo funciona en la clandestinidad y la ilegalidad, no disputa en ideas y menos le reconoce autoridad al Estado contra el que ha levantado las armas.

El punto es que en el Perú estamos metidos en una bárbara e intencionada confusión y no queremos salir de ella. Como todos los intentos de eliminar el foco del Vraem han fracasado y el poder no ha podido mostrar ningún resultado después de la caída de Artemio, las decisiones que se le ocurren al Ejecutivo se dirigen sistemáticamente a lo que tiene más a mano que es el brazo de la subversión que renunció a las armas y busca entrar al sistema político. Todos los gestos de “antiterrorismo” y las denuncias sobre “debilidad” ante los enemigos se refieren a los terroristas que ya no hacen terror.

La derecha tiene acorralado al gobierno con sus denuncias, a cada cual más histérica, sobre los movimientos del Movadef, como si la consumación de los planes subversivos fuese lograr algún tipo de atención de los representantes del poder.

Con esto le amarraron las manos a la ministra Salas para resolver la huelga magisterial de varias regiones, con grave perjuicio para los estudiantes y para muchísimos profesores que no tenían por qué compartir la ideología de sus dirigentes. Lo mismo puede ocurrir más adelante en otros conflictos en los que se denuncie la presencia de elementos del neosenderismo.

Y es que el problema es querer negar lo real. Cuando se lanza la pregunta ¿y qué hacemos con el Movadef?, lo tonto es querer resolver el asunto con más y más prohibiciones de existencia.

¿Adónde puede llevar todo eso? A que la organización crezca por efecto de la persecución y la evidencia de que todos los partidos se mueren de miedo frente a ellos, y entonces la preocupación va a ser cada vez mayor.

Combatir un senderismo con pretensiones legales -que se aferra a la idea de que su líder es su guía y generador de teoría con cada una de sus decisiones (a eso es lo que llaman “pensamiento Gonzalo”)-, tratando de escapar de él, comprueba que nada se ha aprendido de la historia reciente, salvo a hacer denuncias escandalosas.

Es casi como decir que en el terreno electoral, educativo o intelectual, no tenemos cómo derrotar a los maoístas que tratan de ganar terreno, y solo queda gritar: cierren las puertas, prohíbanles hablar, trabajar, recoger firmas y entregar cartas a los embajadores. Solo así nos salvaremos.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista