Punto de partida del allin kawsay- buen vivir

En mi columna anterior, señalé que el punto de partida del llamado desarrollo es la inversión de las grandes empresas multinacionales en óptimas condiciones para “crear” riqueza y dejarle al Estado algo de impuestos. Ese camino poco o nada tiene que ver con las necesidades del pueblo peruano, en particular su gravísimo problema de hambre y de subalimentación.

| 01 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Desde la orilla de los pueblos indígenas, el punto de partida para su opción de un Allin kawsay-Buen vivir es producir los alimentos que todo el pueblo necesita para no estar en la miseria, el hambre, la pobreza extrema o la simple pobreza. Es precisamente en los pueblos indígenas, en áreas campesinas de la costa, entre los migrantes de los conos de Lima, y entre los grupos de peruanos afro descendientes en los que se encuentra el mayor sufrimiento por el flagelo de la extrema pobreza.

En la memoria de los dirigentes y personas comunes y corrientes de los pueblos indígenas aparecen de modo muy sencillo el reino sin hambre y el orden de la sociedad inca. Un topo o extensión de tierra por niña o niño que llegaba al mundo, era la previsión de un Estado capaz de pensar y asegurar que los niños sean bien alimentados. Cuando Gonzalo Pizarro, en 1533, llegó a Jauja buscando el oro para el rescate de Atahualpa quedó asombrado de las reservas de alimentos y vestidos, de los millares de llamas que los incas y huancas allí tenían. Decidió quedarse con sus hombres para descansar, engordar y disfrutar del placer de comer la carne de los pescuezos de las llamas, tirando el resto. Para una parte de los conquistadores que huía del hambre en España y que había sufrido horriblemente en las expediciones de conquista, Jauja representaba el paraíso, la abundancia. Quedaron atrás los días en que vieron morir de hambre a muchos de sus compañeros en el largo camino de Panamá a Tumbes. De esa feliz experiencia en Jauja nació la maravillosa frase, “esto es Jauja” y, por extensión, “esto es el Perú”, asociada a la abundancia y al oro.

En muy poco tiempo los españoles agotaron las reservas en los tambos del Qapaq ñan, se apropiaron de las tierras. Surgió la pobreza que está cerca de cumplir cinco siglos. El orden, encarnado en la palabra castellana ley, quiere decir en quechua y aimara, que cada cosa esté en su lugar. Es también el recuerdo vivo de otro tiempo. Guamán Poma describió lo ocurrido en la conquista con una frase extraordinaria: “el mundo se ha puesto al revés”, y si la memoria no me juega una mala pasada dijo el cronista Cieza que para los llamados indios no hubo más ley ni orden.

Ya sabemos que el pasado no vuelve pero es bueno recordar la sabiduría de un pueblo negro africano: cuando no sabemos a dónde vamos, es bueno volver al punto de partida. No comienza la historia del Perú con los españoles en 1532 sino con los pueblos pre incas e incas. Ellos entendieron nuestro espacio vertical, lo transformaron y organizaron desde las tierras altas hasta las playas del mar y al comienzo de la Amazonía baja. Está planteado el desafío de aprender las lecciones que dejaron para construir un reino sin hambre. Como lo acaba de mostrar la fiesta de Mistura, tenemos el 85 % de los climas para producir alimentos y ser plenamente autónomos. Gracias a las multinacionales y su llamado desarrollo estamos obligados a comer fideos y arroz blanco, harinas llenas de azúcares y a beber líquidos con colorantes y azúcar. Nada de eso tiene razón y sentido, salvo comenzar de nuevo como en los buenos y viejos tiempos de un topo por caña niño.

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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”