¡Productividad, eso queremos!

Uno de los últimos japoneses asesinado por el abuso corporativo fue un ingeniero de la Toyota Corporation, presionado por sus jefes en Tokio para adelantar el prototipo del modelo híbrido del Camry.

Por Diario La Primera | 07 ago 2008 |    

En los dos meses anteriores a su muerte el hombre había hecho más de ciento sesenta horas extras, ochenta por mes, 3,3 horas por día. ¡Productividad, eso queremos!

Cumplida su jornada, se quedaba por las noches casi todas las noches y se llevaba el trabajo a casa durante los fines de semana. Fue enviado varias veces al extranjero para conversar con otros ejecutivos de la Toyota y para enterarse todo lo que pudiera de los avances de la competencia en materia de híbridos (es decir, autos que emplean gasolina y baterías eléctricas alternativamente).

El asunto era que la Toyota debía presentar un modelo híbrido de su modelo Camry en el Salón Internacional de Detroit.

Un día antes de un viaje a los Estados Unidos, estalló. Su hija, que fue a despertarlo, lo encontró muerto en su cama. Un derrame cerebral lo había librado de sus obligaciones de esclavo con tarjeta de crédito dorada.

La Toyota emitió un comunicado ofreciendo sus condolencias a la viuda y a la familia.

A la viuda el tal comunicado le pareció una ironía, así que fue al bufete del abogado Mikio Mizuno, experto en el asunto del karoshi –palabra que en japonés designa el estrés laboral- desde que le ganara, precisamente a Toyota, un célebre proceso por indemnización.

Un empleado de esa firma murió a los 30 años de edad fulminado por un infarto de miocardio. Su viuda Hiroko Uchino planteó el caso ante los tribunales, que en primera instancia le dieron la razón a Toyota. Cuando el abogado Mikio Mizuno tomó el asunto, las cosas cambiaron de color.

Mizuno pudo demostrar, desde un punto de vista clínico y asistido por especialistas, el vínculo entre el deterioro coronario de su cliente y la conducta de la corporación, empeñada en metas siempre superlativas y prescindentes de toda consideración por la salud de sus mandos medios y altos.

Todo indica que este abogado tiene en sus manos un nuevo triunfo judicial. Su tarea se facilita porque en 1987 el ministerio de Salud japonés reconoció el “karoshi” como una enfermedad laboral.

Alguna vez, invitado por el gobierno japonés, recorrí parte de ese gran y admirable país. Una de las paradas obligatorias de ese viaje me llevó a Nagoya, donde estaba la fábrica de Toyota.

Cito este recuerdo porque es pertinente y porque nos remite a otra Toyota. Lo que yo conocí, en todo caso, fue una suerte de Disneylandia capitalista donde los trabajadores cantaban el himno de Toyota temprano por la mañana, izaban la bandera de la fábrica y se ponían a trabajar casi diciendo Jojó, como los enanos diamanteros de Blanca Nieves.

Es más: en la línea de montaje –de unos tres kilómetros de extensión y con forma de serpentín ovalado- había un cordón que cualquier trabajador podía jalar si se sentía mal. El jalón hacía sonar una alarma y paralizaba la línea de montaje.

Yo no vi un campo de concentración en esa Toyota que dedicaba el 3 por ciento de sus enormes utilidades en I+D (investigación y desarrollo). Vi, al contrario, un sistema de producción que deseaba imitar al europeo del Estado del bienestar y alejarse de las crueldades predadoras del estadounidense.

Ahora, con esto de la aldea global y con China al galope, con el retroceso mundial de los derechos laborales y el triunfo episódico de los hijitos de Friedman, Toyota, por lo que se lee, se parece a una hilandería inglesa del XIX. Si Sarkozy quiere hacerlo en Francia y Berlusconi ya lo hace en Italia, ¿por qué el Japón debía ser un caso aparte?

Se trata de producir todo lo que den las usinas para obligar a consumir todo lo que puedan tragarse los consumidores, los mismos que, con su voracidad bien entrenada por la tele, obligarán a otra hornada hiperproductiva que tendrá que ser devorada con la ayuda de la publicidad y el señuelo de la emulación y la fantasía de la felicidad que mastica y conduce, conduce y mastica, mastica mientras conduce y un huevo de etcéteras veloces y de buen diente.

El capitalismo-Hulk, que es la receta mundialmente aceptada por el trogloditismo neocon, produce siempre espejismos. Los que están arriba prometen que se harán tan ricos que los demás podrán saciarse con las sobras. Los de abajo esperarán en vano.

Pero no esperarán para toda la eternidad, como creen los fukiyamitas aquí presentes, señoras y señores. Esperarán hasta que otro barbudo envenenado y genial los dote de los argumentos necesarios y arme sus rabias como si de un geniograma se tratara. Entonces, otro fantasma recorrerá Europa y el mundo. Cuando eso suceda, no se quejen, friedmanitas. Han sido mil veces advertidos.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista