Procesión

Cuando escucho a un creacionista que habla de la Creación CON MAYÚSCULAS cojo mi billetera.

| 03 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 731 Lecturas
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Los creacionistas son los que dicen que la Biblia es historia y no la novela policiaca que realmente es.

Porque ustedes me dirán si no es parte de una excitante crónica de sucesos la masacre del pueblo entero de Jericó –con la excepción de la dueña de una posada y su familia-, el asesinato del cananeo Sísara por medio de un clavo incrustado en la sien, el crimen de Abimelec en contra de todos sus medios hermanos, la desgracia de Jefté de tener que matar a su única hija para cumplir una promesa hecha a Yavé.

¿Y cuando los filisteos (es decir, los pelishtin, de donde procede el topónimo Palestina) le sacaron los ojos a Sansón?

¿Y cuando Samuel encaró a Saúl por no haber matado a todos los amalecitas, incluyendo a su rey, tal como lo ordenaba Dios, y fue hasta donde el monarca Agag y lo fulminó con sus propias manos en el santuario de Gálgala?

Como decía Vallejo:

“Y no me digan nada, que uno puede matar perfectamente...”

En el colegio, cuando niño, escuchaba los mitos católicos, las leyendas cristianas y los disparates conciliares con cierto respeto.

Pero ese respeto acabó cuando me hablaron del embarazo místico, y en probable estado de levitación, de María y de la “comprobada” resurrección, al tercer día de su crucifixión, de Jesucristo.

Era bonito y hasta literario que te contaran lo de la creación del mundo en siete días, pero eso de que el Espíritu Santo podía embarazar y que lo de la Santísima Trinidad era dogma de fe (o sea lavado de cerebro sin discusión) ya resultaba demasiado hasta para un niño más bien tímido como era yo.

Más tarde, en otro colegio, hubo un capellán al que le fascinaban los chicos más guapos y jugaba de manos con ellos en el ómnibus de las excursiones.

Y más tarde descubrí que los curas odiaban a Darwin, negaban a los filósofos griegos y remataban la faena de un modo inequívoco: anunciando el fuego purificador y el masivo chicharrón de pecador en los reinos de Satanás.

Pero también descubrí que esos curas, por lo general, no sólo eran guardianes de la fe. Eran también, y quizá principalmente, huachimanes del sistema, mastines de la riquería y caballeros cruzados del statu quo.

De modo que me hice agnóstico, incrédulo y hasta esdrújulo, como mi abuelo Benjamín Pérez Treviño.

Y cuando alguien habla de la Creación CON MAYÚSCULAS me cuido los bolsillos. Y sé, como lo supo Nietzsche de un modo magistral e incomparable, que detrás de un Dios pregonado está el negocio mayúsculo del miedo.

Hoy sale la procesión del Señor de los Milagros. El Cristo Morado que le dicen. El Cristo de una pared que no se cayó en un terremoto.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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