Presos que escribieron libros

La publicidad que hizo el gobierno al presunto libro de Abimael Guzmán nos hace buscar en la historia a presos que escribieron libros de verdad. Y decimos “presunto” porque ese texto lo armaron Elena Yparraguirre, el abogado Crespo y quizá otros. El “Cachetón” ni siquiera lo ha visto, con seguridad.

| 19 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.5k Lecturas
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Seguramente fue Marco Polo el primero que dictó un libro estando preso. Era el año de 1298 y compartía una celda en Génova con el escribano Rustichello de Pisa, a quien le contó sus aventuras en la lejana y asombrosa China.

Recordemos al gran Fray Luis de León, quien escribió sus mejores poemas en una celda de la Inquisición, donde estuvo por cinco largos años. Fue encarcelado en 1572 sin saber quién lo acusaba y de qué lo acusaban.

Y un amigo me anota que la primera parte del Quijote la compuso el inmortal Cervantes en la cárcel de Argamasilla del Alba. También que el Marqués de Sade encerrado en la Fortaleza de Vincennes en los años previos a la Revolución produjo allí parte de su escandalosa obra literaria.

Otro preso talentoso, Karl May, fue el creador inmortal de los personajes Old Shatterhand y su amigo indio Winnetou y es para los alemanes, dicen, lo que Verne para los franceses y Salgari para los italianos. Era ladrón y pasó años de su juventud en la cárcel y luego ya reformado, se hizo célebre y rico.

Adolfo Hitler, nada menos, empezó a redactar su texto principista en la prisión de Landsberg donde había sido recluido en el verano de 1924 por su primer y fallido golpe. Y el libro originalmente se llamaba “Cuatro años de lucha contra las mentiras, estupidez y cobardía” pero un hábil propagandista nazi lo redujo a “Mi Lucha”.

El fascismo persiguió y encarceló al gran marxista Antonio Gramsci, quien durante casi diez años llenó 33 cuadernos de apuntes que fueron rescatados antes de su muerte, en 1937, y no llegó a verlos publicados.

El franquismo persiguió encarnizadamente a los intelectuales de la República, como los poetas Miguel Hernández y Marcos Ana, que escribían en sus celdas. El primero murió en la cárcel y el segundo estuvo preso 23 años y logró salir con vida.

Seguramente ustedes recordarán a otros pero yo tengo un recuerdo especial de un famoso norteamericano Caryl Chessman, que estuvo 12 años en el célebre “pasillo de la muerte. Lo llamaban “el bandido de la luz roja”.

Los jóvenes periodistas de entonces seguíamos con atención la batalla de este hombre que luego de recibir una sentencia por asesinato, estudió abogacía en la cárcel para autodefenderse, escribió varios libros y batalló encarnizadamente para impedir su ejecución, que finalmente se produjo en 1960.


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Juan Gargurevich

Opinión

Columnista