Poetas malditos y/o expulsados

Acabo de leer un magnífico artículo de Pablo Macera sobre Alfredo Torero en la revista cultural que, felizmente, sigue publicando la Biblioteca Nacional del Perú.

Por Diario La Primera | 02 ago 2008 |    

Y leyendo ese artículo compruebo que la cultura oficial –la que domina los periódicos, la que acampa en las ferias librescas, la que se cree albacea de la historia- poco o nada tiene que ver con figuras como la de Torero o la de la arqueóloga peruana Rosa Fung.

Esa separación entre una seudoaristocracia intelectual y el trabajo de algunos de los verdaderos protagonistas de la cultura peruana se me hizo risible hace unos días leyendo a Abelardo Oquendo, el amargo de angostura del viejo cóctel de la cultura peruviana vista desde el hotel Maury.

Contaba el señor Oquendo en su muy leída columna –y no había sino placer en sus palabras- a cuántos poetas peruanos se había salteado José Miguel Oviedo –el otrora brillante y libre crítico literario- en los cuatro tomos de su aparente “Historia de la literatura hispanoamericana”.

Oquendo gozaba comentando a qué pocos poetas había dejado entrar en su castillo de Alianza Editorial el señor Oviedo y a quiénes se les había permitido el ingreso a pesar de “graves reparos”. Como si Oviedo fuera el destino y Oquendo un jubiloso enterrador auxiliado magistralmente por la bilis. Era para morirse de la risa.

Y bien, ¿quiénes estaban entre los excluidos del parnaso ovetense? O sea, ¿a cuántos había matado el gusto temible y decisivo, decisivo y temible, de don José Miguel Oviedo?

Bueno, digamos que el cementerio propio de este doctor Procopio salido de Biondi era como el Presbítero Maestro. Así de grande era la mortandad provocada por este crítico convertido en epidemia. Y en la primera tumba estaba el pobre Mariano Melgar, con Silvia y todo. Chocano se había salvado con las justas del paredón pero, eso sí, allí estaban (por no estar), es decir allí brillaban por su ausencia los excluidos de Oviedo, los que no aprobaron su feroz examen de admisión.

¿Quiénes, aparte de Melgar?

Pues los hermanos Felipe y José Pardo Aliaga, el muy romántico Carlos Augusto Salaverry, el brillante José Eufemio Lora y Lora, que murió de Metro de París a los 23 años de edad. Eso para empezar.

¿Y José Gálvez? Negado. ¿Y Alberto Ureta? Omitido. ¿Y César Atahualpa Rodríguez? Puenteado. ¿Y Juan Parra del Riego? Ninguneado. ¿Y Ricardo Peña? Tarjeta roja. ¿Y Alberto Hidalgo? ¡Brinca la tablita!

Así este sarraceno del “buen gusto” va entrando a la república de la poesía y va separando cuerpos de cabezas y regando de sangre las solapas y las contratapas.

A Luis Fabio Xammar, por ejemplo, lo ignora. Quizá porque su poesía es “muy social”, un criterio que parece estar detrás de esta masacre antológica. Esa mirada aduanera debe estar detrás también de la exclusión, en la corriente del nativismo, de un poeta como Mario Florián.

Menos explicables aún son las expulsiones de Luis Nieto y Juan Ríos y del todo imperdonable la de Xavier Abril. Desde su tumba, dolido por tan trágico suceso, Abril podría haber escrito por segunda vez su hermoso “Xavier Abril ha muerto”. Que así de letal es don José Miguel con su escogencia de crítico implacable. (Y ya no hablemos de Vicente Azar, que ni siquiera por su apócrifo apellido estuvo entre los señalados).

Pero es en relación a la poesía reciente que el señor Oviedo despliega con mayor brío su furia de arma blanca (bueno, casi blanca).

Allí están, para demostrarlo, amontonados, los cadáveres más notorios. ¡Y de qué esqueletos hablamos!

Por supuesto, muerto por exclusión está Gustavo Valcárcel, un poeta combatiente y para remate comunista. Sin embargo, habría que apelar a la memoria para recrear el pasado de sonetista romántico y hasta barroco de Valcárcel (factor que el señor Oviedo pudo tener en cuenta para no expulsarlo de su paraíso y dedicarle, aunque fuese, una línea). ¿O es que no valen versos como estos?

“Si pájaro de amor de amor moría,/ era

su amor el ala que volaba,/ geografía amorosa le surcaba,/ aérea remembranza le envolvía./ Su pico temporal se estremecía,/ al recuerdo de rama que anidaba,/ dulce aroma en la noche que cavaba/ en pos del cuello, amor que amanecía./ El cielo en su plumaje desplegado,/ el viento en lejanía gemebundo,/ a pluma de nostalgia desterrado./ Sola moría el ave bajo el mundo,/ y la estrella en su pico iluminado/ era trino de amor ya moribundo”.

¿Y Manuel Scorza? Tampoco, tampoco. Ese sí que debe estar entre los malditos más indignos del gusto de don José Miguel, crítico que, con el tiempo, ha adquirido algunas de las manías de don Clemente Palma. Para señalar una causa de su mortal exclusión basta recordar de Scorza el comienzo de su poema “Pueblos amados” del libro “Las imprecaciones”: “Pueblos amados,/ poetas fulgurantes,/ padres remotos,/ amigos queridos,/ dais asco./ Me voy./ ¡Que conste!/ ¡No me complico!/ A mí no me vengan con la patria espuma./ La patria hiede,/ desgraciadamente la patria vomita buitres./ A mí no me digan: hay visitas...”

Más adelante, tampoco están -¿es necesario decirlo?- ni Marco Martos ni Manuel Morales ni Cecilia Bustamante ni Juan Cristóbal ni Arturo Corcuera ni Jorge Pimentel ni muchísimos otros y otras de todos los sexos y todos los timbres. Sí está, en cambio (y bien merecido que lo tiene) Abelardo Sánchez León.

Y, por último, otro que no fue escogido por este Chemo del Solar de la poesía peruana, este matador señor Oviedo, es nada menos que don Juan Gonzalo Rose.

¿Le importará al difunto Juan Gonzalo no estar entre los políticamente correctos según los cánones del señor Oviedo? ¿Puede importarle este desaire de connotaciones casi condecorativas a alguien que escribió poesía pura, poesía manchada de rabia, poesía más dura que las antologías mentecatas y los críticos que se creen porteros del futuro?

Yo creo que Juan Gonzalo, desde la tumba, mirará al señor Oviedo, beberá un sorbo de cerveza, bajará la cabeza, volverá a mirar, pegará otro sorbo, eructará discretamente y brindará con sus amigos. Al fin y al cabo, Juan Gonzalo escribió:

“¿Quién es el Rey? ¿quién es el Rey?
preguntan.
El Rey es lo que queda
después de los incendios.
El Rey sólo es el Tiempo.
Y esto, Guamán,
el Rey no lo sabía”.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista