Pobres diablos

El señor Rafael Rey aclara que no es verdad, por Dios, que no es verdad que un destacamento militar peruano se retirara del homenaje que la embajada de Chile le rendía a su libertador Bernardo O’Higgins.

| 22 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Trepando metafóricamente por el zapato del canciller de Chile, el dúctil y móvil ministro de Defensa peruano señaló:

“Ellos (los chilenos) pidieron una banda (de música), que estuvo de principio a fin. Si hubo un pequeño destacamento militar que se retiró fue de repente por una coordinación inadecuada o por una indicación que dio alguien”.

¿Se abanicaba Rey cuando dijo esto? ¿Bailaba una cueca? ¿Qué leotardos lucía? ¿A qué Dios se encomendó?

El señor Rey es el ministro de Defensa del gobierno de García.

Dignísimo ministro.

Perfecto ministro para un presidente que ayer mismo, casi al mismo tiempo que las declaraciones de Rey, le mandaba saludos a “su gran amiga”, la señora Michelle Bachelet, la misma que permite y alienta los agravios de sus ministros de Defensa y Relaciones Exteriores en contra del Perú.

“Cuándo alcanzaremos la misma onda de la amistad perpetua, de la relación sin amenazas y sin malos entendidos, la misma onda de la fraternidad que es la única que puede hacer el bienestar de nuestros pueblos. Saludo a mis grandes amigos: los presidentes de Chile, Michelle Bachelet; de Argentina, Cristina Fernández; y de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva”, dijo Alan García.

Chile suspira aliviado. El Perú, tras una fugaz tregua, vuelve a ser esa capitanía de los pobres de espíritu, esa república de segunda poblada de ponedoras y cluecas investidas y emplumadas divinas.

Todo ha vuelto a la normalidad: Miguel Grau es la excepción. La norma es el pardismo.

Cuando Grau derrota a Arturo Prat en Iquique y Prat cae heroicamente, el almirante peruano le envía a la viuda del marino chileno una carta memorable y generosa que contiene estas líneas:

“Deplorando sinceramente tan infausto acontecimiento y acompañándola en su duelo, cumplo con el penoso y triste deber de enviarle las para usted inestimables prendas que se encontraron en su poder y que son las que figuran en la lista adjunta. Ellas le servirán indudablemente de algún consuelo en medio de su desgracia y por eso me he anticipado a remitírselas...”

Pero estas son palabras de Miguel Grau, el peruano universal que es lo más próximo a la inmortalidad de toda nuestra historia. En boca de Grau estas palabras suenan a grandeza. Y de la grandeza proceden.

Porque se puede ser luminoso en la victoria. Y Grau lo fue. Y se puede ser dignísimo en la derrota. Y Grau lo fue.

Y cuando le escribe esa carta a doña Carmela Carvajal de Prat es cuando Grau es más grandioso. Porque no imagina quedarse con los efectos personales de Prat como si de un botín se tratara, sino que se los devuelve a su legítima dueña. Y con ello demuestra que aun en una guerra fratricida caben la honra y la decencia.

La viuda de Prat le contesta con una carta fechada en Valparaíso el 1 de agosto de 1879, uno de cuyos párrafos dice esto:

“...tengo la conciencia de que el distinguido jefe...que tiene hoy el valor, cuando aún palpitan los recuerdos de Iquique, de asociarse a mi duelo y de poner muy alto el nombre y la conducta de mi esposo en esa jornada, y que tiene aún el más raro valor de desprenderse de un valioso trofeo poniendo en mis manos una espada que ha cobrado un precio extraordinario por el hecho mismo de no haber sido jamás rendida; un jefe semejante, un corazón tan noble, se habría, estoy cierta, interpuesto, de haberlo podido, entre el matador y su víctima, y habría ahorrado un sacrificio tan estéril para su patria como desastroso para mi corazón...”

Grau, padre moral sin descendientes, podía, desde la gloria, ser magnánimo. Cuando los pobres diablos quieren ser generosos lo que les sale es un alboroto de corral.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista