Pobre Miró Ruiz

El congresista Miró Ruiz no es que haya matado a Matías solamente. Es que encima lo ha negado 24 horas después. Con lo que al proyectil aleve ha añadido el plomo del disimulo inútil.

| 24 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
1175

Pobre Miró. Lo que no sabe es que, para todos los efectos, Matías, el schnausser, ha matado a un congresista que no le llegaba ni a la altura de la pezuña.

Pobre Miró. Vive en Huampaní, que es muy bonito, pero cree que está todavía en el establo raigal. Y entonces rivaliza con Matías, que era alemán y maniático, imperativo y kaiseriano como todos los schnausser.

Matías entendía a Miró pero había medido mal hasta dónde podían llegar los complejos etnoarmados del congresista. Sin embargo, esa comprensión no era recíproca. Así que la pugna entre un ciudadano germano llamado Matías y un usuario de las germanías desatadas llamado Miró ha terminado en un crimen pasional, que no otra cosa es el disparo de Miró Ruiz desde una ventana y por entre unas imaginarias celosías.

Pobre Miró. No sabe hasta qué punto él es el muerto sin funeral, la reputación ­acribillada por mano propia, el carácter que sirve para matar a Matías pero no para dejar huella en el Congreso.

Pobre Miró. Si supiera de la importancia de los perros no se habría convertido en el menudo criminal que, 24 horas después de los hechos, niega hasta haber conocido a su víctima, cuando hay vecinos que recuerdan a Matías haber saludado cada vez más secamente al diputado que se le había avecindado.

Si el nacionalismo implica deshacerse de los schnausser por su bismarquiana extranjería y sus modales más bien prusianos, pues entonces me declaro hijo adoptivo de Diego Portales, socio de Monroe y padrino de alguna dulzura monegasca. Es decir, si Miró es emblema del ollantismo, que me pongan a Glenn Miller remasterizado.

A los perros se les puede matar por amor, como tuve que hacer con Moro hace ­unos meses. Y hasta hoy –y así será hasta el día en que muera– recuerdo su mirada cargada de preguntas pavorosas, su dolor tranquilo y su adiós ibérico y dignísimo. Y se me llenan los ojos de lágrimas por ese compañero sin reparos y sin imaginable sustituto.

Lo peor que puede sucederle a Miró Ruiz es que aprenda a amar a los perros, esa especie superior de mamíferos que viven para honrar la vida y carecen tanto de maldad que para ser malos deben tomar prestada la ruindad del amo.

No era el caso de Matías, desde luego. Matías parecía un compacto Nietzsche pero sin jaquecas ni creencias en el superhombre. Supongo que ser vecino de Miró Ruiz lo hizo desistir de esa apuesta por el titán que el filósofo paisano planteó en su libro sobre Zaratustra.

Pobre Miró. Quizás ignora que el general Eisenhower no podía estar sin su foxterrier, que “Fea”, la perra del rey Alfonso XII, murió de pena luego de que su amo dejara este mundo, que Shopenhauer llegó a decir que sin perros a él no le habría gustado la vida y que Bismarck, probable tatarabuelo de Matías, escribió alguna vez que lo mejor de los perros es que jamás nos hacen un reproche.

Pobre Miró. Ignora que Lord Byron quiso morirse cuando su perro Boatswain, un terranova, murió de una enfermedad insidiosa. Byron dejó expreso deseo testamentario de querer ser enterrado junto a su perro, a quien le hizo una bella tumba en uno de cuyos costados escribió para siempre lo siguiente:

“Cerca de este lugar/ reposan los restos de un ser/ que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad/ y todas las virtudes del hombre sin sus vicios…”

Pobre Miró. Ignoraba tanto.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.

En este artículo:


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista