Pobre Ernesto

Cuando la señora Tania de sonrisa dulce y cabellos que juegan con el viento llegó a la fábrica, el corazón de Ernesto comenzó a bombardear más sangre que de costumbre a su cuerpo afligido tanto que empezó a sudar de emoción. Era la primera vez que veía a una chica con ojos de enamorado desde aquella tarde en que se desilusionó al ver a su profesora, a quien amó en silencio toda la secundaria completa, besando a un barbudo con una pasión insospechada.

| 20 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 567 Lecturas
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Tania ni siquiera se dio cuenta que Ernesto estaba ahí porque entró a la fábrica con la única intención de conseguir dinero para curar a su hijo de cinco años de edad que una tos convulsiva quiere tumbarlo y que todas las noches le dice a su madre que no lo abandone nunca. Desde que tuvo a su hijo, a los veinte años de edad, lo único que le interesa a Tania es la felicidad de su nene que curiosamente también se llama Ernesto.

Ernesto, el de la fábrica, tiene apenas 22 años vividos de una manera gris. Trabaja en el mismo lugar hace cinco años y todo ese tiempo se la ha pasado pensando en su profesora que tiene ahora dos hijos con el barbudo. Tuvo algunas enamoradas por ahí; pero nada importante, porque nadie lo ha impresionado y no ha querido a nadie como cree amar a la muchacha de sonrisa dulce y cabellos que juegan con el viento.

Ha bajado la producción de Ernesto en la fábrica. Es que se pasa mirando a Tania todo el día tanto que se ha dado cuenta que se pinta las cejas con la misma tonalidad del color marrón que usaba su profesora. Cierta tarde vio con atención que ella escribía con una sonrisa extraña en una tarjeta después del almuerzo. Ernesto rogaba a todos los dioses para que ese escrito fuera para él. Esa misma tarde, a la salida del trabajo, Ernesto estaba dispuesto a hablarle. Cuando salió, él apuró el paso. Tania tiene una forma encantadora de andar y Ernesto no se acercó rápidamente para disfrutar de sus pasos. Cuando estaba a punto de alcanzarla, a Tania se le cayó la tarjeta. Ernesto creyó que la había dejado caer adrede y leyó la tarjeta con una emoción insondable: “Sé que viviré siempre a tu lado, Ernestito, mi amor”. Cuando Tania llegó a casa, le dijo a su hijo: “tengo una sorpresa para ti”, y se sumió en una profunda tristeza al darse cuenta que había perdido la tarjeta.


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