Perdió todo pero menos esas ganas

Esa mujer, golpeada por el infortunio, perdió su trabajo. Perdió luego a su esposo y después a sus hijos. Perdió a sus amigos y a sus amigas. Perdió sus ahorros y sus propiedades y esa posición de privilegio en la sociedad.

| 30 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 953 Lecturas
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Perdió sus tarjetas de crédito y los sobrinos que antes llenaban su casa los sábados por la tarde decían que ya no era conveniente visitarla, que era mejor estar lejos de ella.

Esa mujer, pese a todo, no se quejó de nada y soportó todo con la frente en alto. No se escondió ni se mudó a una provincia lejana, y estuvo en casa hasta las últimas, a veces, soportando las miradas extrañas de las vecinas.

La enfermedad avanzaba como los días y la cura no tenía hora de llegada. A veces, esa mujer tenía ganas de llorar pero no lo hacía, para no darle el gusto a la mala suerte o a esas cosas que la empujaron a dar malos pasos.

“Me tocó a mí, pero no me quejo. Me tocó a mí, porque quizá yo me la busqué en este tiempo de vida desordenada. Me tocó a mí en este tiempo. Gracias a Dios que me tocó a esta edad en que una camina ya a la puerta de salida”, escribió cierta tarde en un hoja “Bond” que después salió de su ventana transformada en un avión de papel que fue leída más tarde por un niño.

Cada día más flaca, siguió perdiendo peso, siguió perdiendo defensas. Nada podía detener la enfermedad, ni siquiera el dinero. Perdió las últimas visitas y la compasión de los vecinos. Perdió el cariño de su padre e increíblemente hasta la comprensión de su madre.

Todos la daban ya por muerta, todos respondían que ya se había ido. Perdió las ganas de ser mujer después de la enfermedad. Perdió las ganas de comer en los últimos días, perdió inclusive la visión, pero jamás perdió las ganas de vivir. Se aferró a la vida, a veces, con una sonrisa. Ni siquiera el último segundo de su vida se resignó a la muerte.


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