Pensión 65

Barranco, calle Junín, verano de 1962. Con catorce años de edad, los de mi barrio conversábamos sobre qué iba a ser de nuestras vidas cuando cumpliésemos 30 años. Bueno, pues, ahora a punto de cumplir 65 me propongo conversar con mis amigos qué va a ser de nuestras vidas cuando tengamos 95 años. Como verán, comienzo el año con mucha ilusión y voy a explicar en esta columna las razones que tengo para sentirme así.

| 13 enero 2013 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 687 Lecturas
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Primero, porque la ciencia nos está permitiendo alargar nuestra existencia. Hoy, gracias a los avances de la ciencia médica, nuestra esperanza de vida no solo gana en años sino también en calidad. Quizás quienes nazcan en esto años puedan vivir fácilmente ciento veinte años y, por cierto, quienes hoy tenemos más de sesenta, podamos esperar llegar cómodamente a los noventa.

Segundo, porque siento que mi energía y mis ganas de vivir, lejos de disminuir se incrementan, motivadas tanto por todo lo nuevo que cada día nos presenta la tecnología y la ciencia como por tener siempre presente que vivo en un país de profundas desigualdades y que personas como yo, que hemos podido ser beneficiarias de una educación superior, estamos obligadas a trabajar muy duro por cerrar esa brecha con urgencia.

“Solo los muertos están viejos”, es el lema con el que se invita a participar en el carnaval de Venecia-Italia, lo conocí hace algunos años y desde allí he venido dándome cuenta cada vez más de su veracidad: nadie está viejo, solo el que se lo propone y también me he dado cuenta de con cuánta facilidad colocamos en la bolsa del desuso a quienes llegan a la edad de la jubilación.

Nuestro país nos necesita a todos por igual. Solo sabiendo que todos somos necesarios tendremos cada uno una razón para vivir y por tanto sabernos con derecho a ser felices donde vivimos y con quienes vivimos. Estamos acostumbrados a medir la utilidad de las personas por lo que éstas producen: ya sea bienes o servicios y, entonces, cuando ellas se jubilan se convierten en pasivos y a todo lo que pueden aspirar es a que de vez en cuando se les saque a pasear o quizás a bailar, casi siempre en grupos numerosos y casi siempre también, sin mucho entusiasmo de quienes están a cargo de esas actividades. Creo sin embargo que hay otras formas de medir y poner en valor la existencia de quienes han llegado a esa etapa de la vida. Dos de estas bastarían para ponernos a trabajar en ellas, para movilizar estos grupos hacia un existir con calidad de vida, una es la memoria y otra es la esperanza. Ambas pueden conectarse en una sencilla actividad para con estos hombres y mujeres: escucharlos.

Y podríamos empezar por nuestras casas en donde casi siempre tenemos un adulto mayor, pensionista o no, o alguien cercano a formar parte de este grupo etario (termino que les agrada usar a los estadísticos); empezar a escucharlos, digo, pero a escucharlos de verdad, es decir, dedicándoles un espacio y un tiempo para ellos. Comprobaremos rápidamente que no solo se sentirán mejor sino que nosotros, los escuchas de sus relatos y de sus respuestas a nuestras interrogantes y curiosidad, seremos también grandes beneficiarios de sus experiencias. Aprendizaje social que le dicen.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista

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