Pedrito Otiniano, allá en el cielo

Hay cantantes que cuando mueren siguen cantando. Pedro Otiniano Chiesa era un ejemplar de esa laya. De memoria e idolatría. Hijo más rumoroso que amoroso, había nacido en La Victoria pero luego lo mudaron al barrio del Cuartel Primero, zona de Monserrate, en el Jirón Huancavelica, uno de los bandos más tradicionales de la Lima Vieja. Pedro era de esencia barrial y ahora inmortal porque aunque falleció el 2 de agosto, el tiempo correrá inmarcesible por el otro lado. Otiniano era de esos guapos esquineros, peloteros y cantantes.

| 05 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 7.1k Lecturas
Pedrito Otiniano, allá en el cielo

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Lucho Barrios y Pedrito Otiniano —que pertenecen al Centro Musical Unión, bastión de la música criolla— son los monarcas de este Olimpo, exponentes iniciales del estilo cantinero, también conocido como el del lacrimógeno «bolero cebollero».

Y cuando se preguntan por qué es importante el registro de Pedro Otiniano, tengo que reforzar mi tesis. Que el bolero no solo es género musical, más bien es visceral: “El cebollismo nacional”. Aquel que inventase Lucho Barrios desde “Marabú” y “Me engañas mujer” y que es reforzado por Otiniano con sus “Cinco centavitos” o “Ay cariño”.
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En 1966 ya grababa un par de 45 rpm junto a la guitarra de Alberto Urquizo y el “Trío Continental”. Luego apareció en la tapa de un larga duración con polo rojo a rayas, pañuelito de chulo y chulapa y patillas, un jijuna. Después fue conocido, jamás famoso. A la Lima de esos años le fregaban dos cosas, los cholos y los llorones.

Fue cantante de barrio y de barriada. De letras y de letrinas. Se hizo llamar “El ruiseñor del amor” aunque sus dotes de gallo lo hicieron más que famoso por sus trinos de madrugadas. Y también era cantante de valses. Un 31 de agosto de 1950 ganó un concurso de voces frescas en Radio Mundial donde interpretó el tema “Fatalidad” de don Laureano Martínez Smart y Juan Sixto Prieto.

Aquel bálsamo lo unió a otro grande de la música romántica de Latinoamérica, el ecuatoriano Julio Jaramillo. Y también al gran Lucho Barrios. En el “Centro Musical Unión” conformaron un dúo de la jijuneta y dejaron para la posteridad cuatro álbumes donde también destacaron Gilberto Cossio Bravo, el zurdo Ernesto Chávez, Lalo León y Tito Chauca

Y cuando se preguntan por qué es importante el registro de Pedro Otiniano, tengo que reforzar mi tesis. Que el bolero no solo es género musical, más bien es visceral: “El cebollismo nacional”. Aquel que inventase Lucho Barrios desde “Marabú” y “Me engañas mujer” y que es reforzado por Otiniano con sus “Cinco centavitos” o “Ay cariño”.

Así, el bolero es venganza y autoflagelo. Ambos sirven para llorar como quien corta cebollas arequipeñas, robustas, encabritadas y arrogantes. Pero si existen cantantes como los también llorones Johnny Farfán o Guiller, existen compositores que le dan en la yema del gusto.

Músicos que optaron por el género degenerado de los amores contrariados.

Solo mencionaré a dos representantes de nuestra pujante batería del desconsuelo. Héctor Torres Becerra y Franklin Cabrejos.

Héctor Torres Becerra, conocido como “El diablo Torres” nació en Motupe, Lambayeque y es autor del bolero “Gota a gota”: Tú crees que mi corazón/, es un juego a la ruleta/ yo he de dejar que tú ganes/ para que estés satisfecha. Pero al final este juego/ yo he de causar tu derrota. Y el triunfo mío será/ verte llorar gota a gota. Y el triunfo mío será/ verte llorar gota a gota.

El bolero fue interpretado por el colombiano Alci Acosta y fue un hit en la década de los setenta. Daniel Santos, también lo cantó con orquesta y coros. La vena de su imaginario popular está grabada en valses como “Gitana” que hiciera popular el dúo arequipeño Los Dávalos y otro bolero, “La cruz de mi dolor” que cantase el Cholo Berrocal. Torres Becerra ha cumplido los 81 años y sigue componiendo boleros, rancheras y pasillos.

Franklin Cabrejos, natural de Batangrande, Ferreñafe, es paisano de otro gran compositor, Luis Abelardo Takahashi Núñez, y es un prolífico compositor del llamado también “bolero rockolero”. Cabrejos estudió en el colegio nacional de San José de Chiclayo y a los 17 años viaja a Lima. En 1969 participó en el festival de Trujillo y obtiene el primer lugar con “Amor provinciano” que lo interpretó Pedrito Otiniano.

En Lima, en los años cincuenta, se consolidaba el gusto por el tono llorón de Rómulo Varillas quien consagraba valses como «Víbora» o «Lucy Smith», el patrón musical sufrió un quiebre. Eran también los años en que, a manera de un científico social, Mario Cavagnaro y sus canciones replaneras le tomaban el pulso al desborde de la ciudad: Yo la quería patita,/ era la gila más buenamoza del callejón...

Entre el desarraigo y en pos de labrarse un espacio, los nuevos habitantes de Lima impregnaban sus huellas en todos los ambientes. A su vez, la música tropical, la radionovela, el cine mexicano y la prensa replanera configuraban el clima del barrio popular, y este era retratado en el entrañable volumen de cuentos Los inocentes de Oswaldo Reynoso. En este contexto surge nuestro bolero cantinero, primer síntoma musical de una Lima mestiza, acholada e integrada a la tradición popular latinoamericana.

Como todos los países de América Latina, perdimos contacto musical con el acontecer actual de Cuba y empezamos a vivir de lo que había llegado hasta finales de los cincuenta. El bolero cantinero es un boom en los sesentas, cuando en Lima empezaban a imperar las vertientes tropicales más populacheras. Precisamente, como una asimilación de estas, surgirán los grupos locales de guaracha, como Pedro Miguel y sus Maracaibos, en los que el bolero cantinero encuentra afinidad acústica para su propagación.

Y es que el gusto por este bolero irá de la mano del gusto por la guaracha peruana. Además de La Sonora Matancera, y de los desbordes melodramáticos de Daniel Santos: Vive como yo vivo/ si quieres ser bohemio,/ de barra en barra,/ de trago en trago..., nuestro bolero tiene influencias de Los Panchos, Javier Solís, Panchito Riset, Alci Acosta (el de: Y el triunfo mío será,/ verte llorar gota a gota) y del entonces greñudo José Feliciano con su ceguera al descubierto, cuando salía a cantar boleros viscerales acompañado de su lazarillo: toma este puñal, ábreme las venas.

Pero es el ecuatoriano casi peruano Julio Jaramillo —tuvo familia con la cantante nacional Anamelba—, el que mayor ascendencia tiene sobre los boleristas de este corte. Su estilo, entre pasillo y bolero, y su voz suave, son determinantes, como cuando canta: Licor, grato licor, eres el dios en mi dolor; o comete desvaríos como: En el negro azabache/ de tu blonda cabellera…

Nuestro bolero cantinero es austero y chirriante. En él, la violencia cotidiana se traduce en un lenguaje directo que tiene menos de poesía y más de crónica roja, de un discurso repetitivo, como un disco rayado en el éxtasis del sufrimiento amoroso.

El acento característico de lo cantinero peruano está, sobre todo, en la manera de cantar, en el tono quejumbroso y llorón que, según el cantante Johnny Farfán, viene de nuestro huayno. En su instrumentación, son fundamentales las guitarras, aunque a veces también hay órgano y trompetas.

Lucho Barrios y Pedrito Otiniano —que pertenecen al Centro Musical Unión, bastión de la música criolla— son los monarcas de este Olimpo, exponentes iniciales del estilo cantinero, también conocido como el del lacrimógeno «bolero cebollero». «Marabú»: Adiós, ya me quedoó sin ti, y así para queé más vivir, de Barrios, y la versión de «Cinco centavitos» de Otiniano: Quiero comprarle a la vida/ cinco centavitos de felicidad, se hacen imprescindibles en todas las rockolas, sobre todo, las del alma y del cielo.


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