Partidos

No soy politólogo, pero leo con avidez los artículos que la prensa ha publicado las últimas semanas sobre los partidos en el Perú.

| 08 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Me atrevo a opinar sobre el tema desde la perspectiva corta de mi testimonio. Debo decir antes, que nunca he militado en un partido. Mi abstinencia como militar de un partido no es un mérito, es una carencia.

Como muchos de mi generación que tuvimos el privilegio de ingresar a la universidad, cuando ella era universidad; es decir, lugar de escucha, debate y pleito dialéctico y no agencias de diplomas a las que la mayoría ha decidido migrar, fui impactado por los análisis de la realidad peruana que circulaban en las aulas. Ellos desnudaban a un Perú tan profundamente desigual como sometido por el capital extranjero. En el campo de la crítica se encontraban todos, diferían en la propuesta para cambiar la situación. Es en el espesor de esta diferencia y más que en el de la crítica los partidos competían para reclutar adeptos. La alineación era la siguiente: en la derecha, la Democracia Cristiana (después PPC, Social Cristianos); en el centro Acción Popular, en el centro Izquierdo el APRA; a la izquierda, partidos recientes de corte socialista nacidos por influjo de la revolución cubana y, en el extremo izquierdo, el partido Comunista del Perú ya escindido en dos líneas: una pro moscovita y la otra pro pequinesa.

En esta alineación, la derecha, el centro y el centro izquierda, ya en los años sesenta del siglo pasado, habían apostado por la democracia como medio para el cambio; a diferenecia, la izquierda y el extremo izquierdo siempre por la revolución ( la de cada uno de ellos).

Se ha dicho que la política en el Perú es antropomorfa: se viste de caras. Pues bien, en esos años a la cabeza de los partidos estaban Héctor Cornejo Chávez, Luis Bedoya Reyes, Fernando Belaúnde, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alfonso Barrantes, Jorge del Prado. Es innecesario decirles quiénes eran, pero si afirmar con ustedes que tenían peso intelectual y trayectorias de vida impecables y, sobre todo, una gran capacidad de comunicar sin papeles ni asesores. Tenían ideas.

La gran escuela política de esos años eran los mítines. No como los de ahora, que compran asistentes y se adornan como conciertos de rock, eran puro corazón, gratis. Corazones encendidos por la posibilidad de un cambio.

Ahora, nada de esa política queda, matada por la tesis del no partido y Sendero, yace comprada por el mercado. Es un aviso publicitario, una promoción, una franquicia de Miami, Bogotá o Brasilia. La terminología de la mercadotecnia domina el comportamiento político. Desaparecidos los hombres fundacionales de la política moderna, ahora solo reverberan débiles sus ecos. Ese estertor de ideas es percibido por una juventud que no encuentra ahora sentido nuevo alguno por el cual fajarse y se ha retirado a las redes sociales donde, ojalá, articulen políticamente su amor por el Perú.


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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto