¿Para qué está este Congreso?

Decía Montesinos, parafraseando al general mexicano Álvaro Obregón, que nadie resistía un cañonazo de 50 mil dólares, y lo usaba para explicar la facilidad con la que compraba políticos, jueces, militares y medios de comunicación, aunque las cantidades de la subasta de conciencias fueran variables según el poder individual de cada uno de los convocados a la salita del SIN.

| 10 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 605 Lecturas
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Hoy podría decirse que casi no hay congresista que resista un obús de 7 mil soles adicionales en su boleta por gastos de representación. Salvo el sancionado Diez Canseco, a ningún otro se le ha oído protestar por esta sorprendente noticia que parece estar basada en el criterio de que los reclamos siempre duran poco y después se olvidan, mientras el aumento permanece en el tiempo.

Algunos periodistas han escrito que el tema de las remuneraciones es el único que produce unanimidad en el Congreso. Y tienen razón. Solo que no explican que ese es un resultado buscado por la Constitución del 93, que deja este solo punto a la discreción del Parlamento mientras que en todas las otras cuestiones importantes se preocupa por generar la más baja capacidad de decisión real de los parlamentarios.

Aun sobre la llamada ley anual de presupuesto, que se supone es la más importante para la que existe el Congreso: autorizar los gastos y definir los impuestos; la realidad es que hay una gran distancia entre lo que se aprueba y lo que efectivamente se ejecuta y la forma como el Ministerio de Economía y Finanzas administra los fondos que le son confiados.

En nombre de armar superávits, reservas y otras retenciones, y de responder contingencias, el presupuesto con el que se cierra cada año termina siendo muy distinto al que emitió el Congreso. Como para corroborar eso, cada ejercicio la discusión presupuestal es más anodina, salvo uno que otro tema más o menos caliente, como ha sido en este año el de los salarios de los jueces, que no gozan de la misma prerrogativa de autoaumentárselos.

El juego de la comisión de Ética y otros mecanismos para perseguirse entre congresistas es otro de los elementos distintivos que hacen continua noticia desde el local de la Plaza Bolívar. Eso que parece una garantía sobre la idoneidad de los legisladores, conduce sin embargo muy rápido a la interrogante de quién es lo suficientemente ético como para juzgar a sus pares: ¿Lay?, ¿Mulder?, ¿Díaz Dios?, ¿Castagnino?

En otras palabras la mera correlación de fuerzas permite a tipos que tienen sus propias fallas de conducta aparecer como representantes de la honorabilidad en el ejercicio de la función congresal. Y obviamente ahí se filtran desde venganzas políticas hasta encubrimientos intencionados, canjes de impunidad y ensañamientos claramente dirigidos.

El balance que se logra está fuera de toda duda: un Congreso inútil para las decisiones que interesan al país y a las personas, que abusa de su poder para pagarse ingresos que cachetean a la población común y corriente, y que muestra cotidianamente las miserias morales de sus integrantes, es como un barco que está yendo a pique sin que sus miembros reaccionen a lo que está pasando.

La sanción a Diez Canseco puede ser vista desde este ángulo, casi un suicidio porque divide a la opinión entre los que empujados por los medios llegan a la conclusión de que entonces ya nadie se salva; y los que entienden que cuando hay mayorías cerriles (como las del fujimorismo y parte de Gana Perú) se puede hacer cualquier cosa. Cualquiera fácilmente puede llegar a la pregunta que es casi una conclusión: ¿entonces para qué está este Congreso?


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

0.929975986481