Papas calientes

La ambigüedad es en el Perú un mecanismo de defensa, una chamba del derecho de no enemistarse con nadie que pueda ser útil, un ejercicio de la diplomacia defensiva (que es el talento afelpado de mayor estirpe en el Perú).

| 31 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 467 Lecturas
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Yo me quedo maravillado con las pariciones de la ambigüedad limeña. Un día, por ejemplo, leí un comunicado de varios intelectuales y artistas en torno al candente asunto de la Universidad Católica (sí, la que Cipriani quiere en el reino del Opus Dei, a la diestra de todo).

Aguerridamente, con la contundencia de una pluma de polluelo y ese énfasis que sólo puede dar la afonía, estas estrellas de la inteligencia, las humanidades y el arte del Perú escribieron lo siguiente:

“Es aquí (en los valores cristianos, nota de C.H.) donde se asientan y se encuentran los más altos niveles del quehacer académico y donde se impulsa, (sic) no sólo la formación de nuestras futuras generaciones, (sic) sino se establece un lugar privilegiado para el diálogo, (sic) entre la fe, la ciencia y la cultura. Todo ello basado en la igualdad, la democracia y la solidaridad, valores orientados hacia el desarrollo de nuestra vida nacional y comprometidos con el destino futuro del Perú”. (Firmaron el mejor escritor, el mayor actor, el pintor más renombrado, el sociólogo menos oculto, la historiadora más antigua, el poeta mejor situado: el Parnaso peruviano en sesión plena).

Esa ambigüedad comatosa, esa conveniencia que camina de puntillas, esa simulación del pronunciamiento, ¿no son una delicia? ¿No es esa la perfecta bebida que sorbió siempre el civilismo cultural peruano, aquel fluido embotellado que no tiene parecido con la chicha pero tampoco con la limonada? Esa manera de nombrar al mañana (“el destino futuro”), ¿no es una variante del enmascarado carnaval de Venecia?

No es dable pretender que todos consideren una virtud a la claridad. Hay quienes piensan que la claridad es más bien una rudeza del ánimo y una variante de la vulgaridad y que la cultura, despojada de Versalles, es un feo jardín de geranios. Pero el párrafo que he citado es uno de los homenajes más notables que la cultura peruana ha rendido al dios de la tibieza y al estilo nacional de esfumar las ideas cuando las papas queman y de escoger las palabras exactas para el susurro adecuado. Si Marx hubiese sido peruano, El Manifiesto Comunista se habría convertido en algo así como “Propuestas para empezar a resolver las tensiones sociales más apremiantes”.

Ahora bien, el Everest de ese talento para emperifollar la nada lo acaba de subir, sin jadear ni una sola vez, el muchas veces brillante y siempre cultivado Mirko Lauer. En efecto, frente al intento chileno de papearse nuestra papa, casi asqueado por la ola de nacionalismo doblemente tuberculoso que vivió el Perú, repudiando escarapelas, Lauer nos acaba de dar una lección de gelidez lingüística y cosmopolitismo de pasaportes surtidos. Así, el pasado miércoles escribió las siguientes líneas en su muy leída columna de “La República”:

“...la divulgación periodística lleva las cosas a extremos. En este caso, por ejemplo, no es que Chile se esté apropiando de la papa peruana. Lo que Chile está buscando es apropiarse del espacio semántico vinculado a la papa”.

Confieso que mi chusco corazón de peruano dio un brinco y que mis entendederas se abrieron por fin, como el Mar Rojo abriose alguna vez para ver el desfile de los predestinados. “No era la papa lo que querían, estúpido Hildebrandt –me dije casi en voz alta, estremecido por la revelación–: era el espacio semántico vinculado a la papa”. ¡Todo estaba claro, por fin! ¿Había sido el espacio semántico del salitre el origen de este malentendido que Saussure, primero, y Lauer, después, desterraron para siempre?

¿Y el espacio semántico vinculado al cebiche, sería el tiradito o, más bien, los locos en salsa mayo santiaguinos?


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista