Papá por cuatro días

Nuestros congresistas se han preocupado por unanimidad de hacer posible que un padre-trabajador pueda disponer de cuatro días para estar al lado de su hijo recién nacido ¿cómo va a usar ese tiempo? ¿Se quedará contemplando al niño? ¿en un arranque instintivo se preocupará por si come, si duerme, si le duele o no le duele algo? ¿Pensará en el futuro de ese niño? ¿Se dirá: quiero que sea mejor que yo? ¿Imaginará cómo será cuando sea grande? No tengo muchas esperanzas en obtener respuestas alentadoras. Me imagino que algunos sí harán uso del descanso para estar en casa al lado de la madre y del niño, pero la mayoría se irá a jugar pelota o a lavar su carro, por decir algo bueno.

| 14 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Mi pesimismo se basa en la comprobación de hechos como el de las Apafas, asociaciones de padres de familia las que, por quienes son los que asisten, debieran llamarse Amafas. Son las madres las que se ocupan y preocupan de sus hijos, no sólo de traerlos al mundo sino de ver cómo crecen, de imaginar su futuro, de acompañarlos en lo que hacen. Resulta triste que en la paternidad sea la ley la que obligue primero al reconocimiento, luego a la tutela y ahora al disfrute y a la contemplación de un recién nacido.

Otra situación, también penosa, se da en las actividades que organizan los colegios en las que los niños y niñas son las estrellas, ¿cuántos papás asisten? El auditorio está compuesto en su mayoría por mamás. Lo que pasa es que el papá está trabajando, me dice una profesora, entonces ¿necesitamos de otra ley, una que autorice el permiso a los padres para asistir a las actividades de sus hijos? Si el papá trabaja y no puede ir y la mamá sí, ¿quiere decir que la mamá no trabaja? Esta es mi tercera comprobación: ¿se necesita de una ley que reconozca el trabajo de la madre en la casa, en la educación de sus hijos?

Tengo muy claro de que no se necesita de ninguna ley para ser un padre bueno, se necesita sólo de reconocer nuestra capacidad de sorprendernos, de ser felices y de poder hacer felices a los demás y en especial a nuestros hijos. Ni siquiera es un asunto de dinero que poco o mucho siempre es necesario, es cierto. Sin embargo, me da gusto saber de algún padre que no aportando recursos económicos al hogar porque no puede, se ocupa de llevar y traer a su hijo al colegio, al médico, a hacer deporte, lo ayuda en las tareas, etc. Me lo puedo imaginar en su casa cocinando, barriendo, ordenando, disponiendo, es decir portándose como un ama de casa, ¿el mundo al revés? Claro que no.

Que la familia es el sustento de la sociedad, al menos de esta que conocemos, no cabe duda. Que cada vez hay menos familia, tampoco ¿Qué hacer entonces? ¿La recuperamos a punta de leyes y reglamentos? ¿Nos quedamos cruzados de brazos esperando que sea parte de un museo? Hay una salida, siempre la ha habido, esta es educación. Recuperar la educación, la pública, la privada, hacer de ella un acto de amor, de dedicación plena a ese prójimo indefenso, conquistar la tolerancia, aceptar la diversidad. Todo esto mientras soñamos con un hombre nuevo. Quizás a reflexionar sobre estos temas podrían dedicarse los ahora amparados por la ley de cuatro días de acompañamiento, claro está, sin que tenga que obligárseles por reglamento.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista