Pantaleón y sus plañideras

“Perdón por lo que no llegué a hacer y por lo que no pude evitar”- dice Alberto Fujimori en un mensaje que ha sido profusamente difundido por la televisión. La frase aparece sobre un autorretrato que lo muestra delante de un paisaje de la Sierra del Perú.

| 28 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.2k Lecturas
Pantaleón y sus plañideras
Todos quisiéramos creer que se trata de una autocrítica. Sin embargo, como siempre, el dictador hace trampa.
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Se trata de una obvia alusión a las matanzas que tuvieron lugar en esa región durante el tiempo de la guerra sucia. Para acabar con un terrorismo, el gobierno de entonces impuso otro. La Sierra central fue solamente su epicentro.

En Lima y el resto del país, hubo torturas, detenciones y desaparecidos. En el cuartel de Ayacucho, todavía no han terminado de exhumar a las víctimas. Decenas de miles de peruanos pagaron con su vida el hecho de no estar ni en el bando de la rebelión contra el estado ni en el bando del terrorismo estatal.

Todos quisiéramos creer que se trata de una autocrítica. Sin embargo, como siempre, el dictador hace trampa. “… Por lo que no pude evitar” se refiere claramente a los crímenes de lesa humanidad.

La frase transforma a Fujimori en un hombre honesto que no puede evitar los excesos de los ejecutores. Una vez más, el reo echa toda la culpa a las fuerzas armadas.

Fujimori se parece a Pantaleón, el tragicómico personaje de Mario Vargas Llosa. En la novela, al capitán Pantoja -un honesto y sobrio padre de familia- le dan la orden de formar un servicio de prostitutas (visitadoras) para atender las necesidades sexuales de las tropas acantonadas en la Amazonía. Aunque ello vaya contra toda sus convicciones morales y puede causar la destrucción de su familia, el oficial cumple las órdenes encomendadas.

Sin embargo, cuando la prensa del país descubre el servicio del burdel ambulante y lo condena como incompatible con la moral del ejército, los superiores de Pantoja-quienes le dieron la orden- señalan a éste como el único responsable y lo someten a un tribunal militar.

“YO NO FUI”
Es un mensaje, Fujimori quiere aparentar que fueron otros, y no él, los verdaderos responsables. El solamente habría sido un candoroso japonesito que no tuvo arte ni parte en las matanzas de los colinas y de otros criminales que él amnistió.

Las decenas de maletas que se fueron con él durante su vergonzosa fuga no las llenó él, fue otro que lo hizo. Los 15 millones con los que quiso acallar a su cómplice Montesinos no salieron de su bolsillo. Supuestamente estaban en el servicio de inteligencia, y fueron sus ministros quienes dispusieron de ese dinero.

Influido por las normas éticas de su institución y de su propia conciencia, el capitán Pantaleón Pantoja guardará silencio antes que echar lodo sobre el Ejército. Fujimori dirá que “no lo pudo evitar”.

La guerra sucia que lideró Fujimori sigue al pie de la letra los dictados de un manual que se ha aplicado en diversos países del mundo. Ella implica como lo señalan los mismos: generación de miedo, terror, pánico, desorganización, duda en la población civil, comisión de actos de extrema crueldad, comisión de masacres, genocidios, delitos de lesa humanidad, difusión de mentiras, desapariciones, torturas, violaciones, detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales, presos políticos, desplazamiento de población, espionaje, persecución; aniquilamiento de líderes sociales y defensores de derechos humanos.

OPERACIÓN LÁSTIMA
De todo esto hubo en el Perú. Fujimori fue la cabeza de un terrorismo de estado que no debemos olvidar ni negar. En su país de origen, los culpables de un delito se hacen el harakiri para preservar la honra de sus descendientes. En el Perú, Fujimori usa un ventilador para esparcir lodo y vergüenza sobre quienes estuvieron próximos a él.

De otro lado, sus descendientes le han tomado fotos antes de la ducha y del desayuno para mostrarlas y suscitar lástima. Aparte de ello, utilizan tácticas que un día son de ruego y otros días de amenaza. La más reciente de sus tácticas de campaña es este esperpéntico autorretrato.

Los publicistas, por su parte, no se dan descanso. Se han transformado en plañideras ambulantes, pero su mensaje a veces los traiciona como en el caso que comentamos: “por lo que no pude evitar”. Indultar a Fujimori significaría aceptar el lodo que ahora quiere echar sobre las fuerzas armadas.


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Eduardo González Viaña

Crónica

Colaborador

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