Palabras muertas

Las palabras también son blanco de ingratitud y olvido.

Hay palabras bellísimas que se fueron muriendo y que nos abandonaron y no dejaron herederos dignos sino que pálidos sustitutos.

| 31 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 791 Lecturas
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Una de ellas es “desempeorarse”, un pronominal sin equivalentes y que tiene –no sé por qué- un nimbo de ironía. Los términos recuperarse o fortalecerse apenas le llegan al tobillo.

Otra es “vinario”, adjetivo relativo al vino y que también, al irse de este mundo, nos dejó un poco huérfanos. ¡Con lo rotundo que sonaría decir que aquel borracho parecía tener un pensamiento vinario!

De las peores defunciones lexicales es la del verbo intransitivo “bachillerear”, con la acepción de locuacidad profusa, de mal gusto e inoportuna. Digamos que charlatanear no es un gran reemplazo.

¿Y qué me dicen de “malmaridada”, que es como antes se podía decir a las vulgares adúlteras de hoy? “Malmaridada” debería ser rescatada por las feministas radicales, pues, más que palabra, tiene reverberancia de atenuante.

Pocos saben que cuando decimos “sinecura”, esa horrible palabra que designa el trabajo dado de favor y sin merecimientos de por medio, lo que hubiésemos dicho, de haber sido fieles al idioma, sería “mamandurria”, una verdadera obra de arte.

Y para volver al asunto de la bebeduría espirituosa, ¿alguien puede explicarme por qué ahora sólo decimos borracho cuando antes se podía decir también “ebrioso”?

Por supuesto que “retrocuenta” es palabra mejor que la expresión “cuenta regresiva”. Y sólo la influencia del oscurantismo eclesial puede explicar que haya caído en desuso el inigualable “revelandero” (a), que se aplicaba a personas que decían haber tenido revelaciones divinas.

Sería maravilloso poder decirle a cierto ex canciller “heredípata”, epiceno que quiere decir “el que astutamente intenta obtener herencias o legados”. Igual de placentero sería volver a nombrar “lazulita” a ese mineral duro y de color azul intenso que hoy sólo se conoce como lapislázuli.

Si el tiempo y la ley de la economía del lenguaje no hubiesen trabajado tan activamente, hablaríamos de la “doncellez” de don Rafael Rey y al acto de enamorar o galantear también podríamos nombrarlo con el transitivo “doñear”, que es espectacular.

Siendo “chillería” mejor que bullicio o vocerío, también es cierto que “chuchumeco” suena más feroz que ruin o malvado. De igual manera, “indicioso”, como adjetivo que describe al que sospecha, se ha ido olvidando a pesar de su mérito evidente.

Los años y la tele, el crecimiento mundial de la ignorancia y el desprecio por las formas, han ido minando el idioma.

Hace decenas de años que hemos iniciado un proceso que terminará en otra lengua, un dialecto hecho en base a brevedades y fusiones, una suma de promiscuidades que hará que lo que hoy todavía hablamos parezca tan vieja y tan remota como la lengua de Oc.

Mientras eso ocurra –y va a ocurrir-, este columnista de gustos anacrónicos seguirá extrañando un término como “descuitado”, o sea el que vive sin pesadumbre.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista