Palabra actuada

Seguro habrá observado que quienes hablan por teléfono, sobre todo cuando hablan por el móvil, realizan unas gran cantidad de gestos y ademanes y muchas veces caminan en un ir y venir que parece no tener fin ¿para qué hacen esta representación? Pues para que el que los escucha al otro lado de la línea los entienda mejor. Están actuando las palabras para asegurarse de que la carga emocional que las acompañe llegue de la manera más clara posible. Estos comportamientos escénicos varían por cierto con las urgencias, intereses y un complicadísimo y largo etcétera. Lo cierto es que la más de las veces no nos basta con la palabra hablada para decir lo que queremos decir, es necesario actuarla para que llegue o se aproxime a nuestro propósito.

| 25 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 980 Lecturas
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Si por el teléfono actuamos así, sabiendo a ciencia cierta que el otro, ese que escucha, no puede ver lo que hacemos ¿por qué es que lo hacemos? Pues para que nuestra voz amplificada haga que casi se vea lo que decimos.

¡Que se vea lo que decimos!, no basta con decir ¡te quiero! Se tiene que ver qué queremos. Cada ocasión es diversa en la aplicación de la palabra actuada. Un padre en los quince años de su hijita puede haber ensayado un discurso el que al momento de decirlo puede sonar lineal, soso, como dicho por compromiso a la hija puede parecerlos como que su padre no la quiere, lo cual puede no ser cierto, toda vez que ese padre en otro escenario como por ejemplo en un partido de fútbol seguramente gritará con voz y cuerpo el gol del equipo de sus amores.

La palabra actuada no siempre tiene que entenderse como dar de alaridos y hacer molinetes con las manos y muecas interminables con el rostro. Hablamos aquí de ganas, de las ganas de decir lo que llegará mejor al otro o los otros, según sea el caso, si va acompañado de expresividad, de actuación sí, pero también de naturalidad. Ser uno mismo conectado con sus emociones para dejarlas salir a conciencia, conociendo el por qué y para qué las utilizamos. Busquemos entonces nuestros límites arriesgando en el propósito, probando y midiendo sus efectos en los demás.

Termino esta columna recurriendo Shakespeare y su célebre texto con el que se propone aconsejar a los actores a través de Hamlet.

HAMLET.- Dirás este pasaje en la forma que te le he declamado yo: con soltura de lengua, no con voz desentonada, como lo hacen muchos de nuestros Cómicos; más valdría entonces dar mis versos al Pregonero para que los dijese. Ni manotees así, acuchillando el aire: moderación en todo; puesto que aun en el torrente, la tempestad, y por mejor decir, el huracán de las pasiones, se debe conservar aquella templanza que hace suave y elegante la expresión. A mí me desazona en extremo ver a un hombre, muy cubierta la cabeza con su cabellera, que a fuerza de gritos estropea los afectos que quiere exprimir, y rompe y desgarra los oídos del vulgo rudo; que sólo gusta de gesticulaciones insignificantes y de estrépito. Yo mandaría azotar a un energúmeno de tal especie: Herodes de farsa, más furioso que el mismo Herodes. Evita, evita este vicio.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista