Páginas sociales

Las páginas sociales tienen ese olor a combina y ese fucsia del ­amiguete presto a devolver favores por una razón: porque irradian falsedad. En ellas todos aparecen posando, todas salen diciendo chis y todos y todas parecen haber sido eviscerados y llenados con engrudo para la foto. Más que rostros lo que allí vemos son máscaras, pegatinas con apellidos y tensores dentales, felicidades instantáneas, parejas remendadas para la cámara, tetas de quirófano, ­ojeras ganadas en la gran noche de las cuchipandas, sonrisas de herederos inminentes, y a veces, sólo a veces, hembras sin melindres que ningún hombre debería acaparar.

| 02 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 861 Lecturas
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Lo que les pasa a estas páginas sociales de Lima es que están hechas desde la veneración servil. Les falta veneno, ampayes, audacia igualitaria. Y, claro, lo que sucede es que quienes las hacen son empleados y empleaditas del gran billetón. Por eso es que en Eisha y sus dominios la felicidad cunde, los cuernos fueron desterrados durante la última visita papal, nadie se deprime y todos van al juego del Polo con la gorrita inmaculada, los anteojos de sol de Versace y ­ellos se creen descendientes de algún Plantegenet y ellas de duquesas de York imaginarias no bajan.

En esas fotos sin paisaje urbano ni cholos, depuradas por el comité de admisión y la huachimanería, todo parece discurrir con la serenidad de las órbitas planetarias. En esas imágenes de las que se ha desterrado el sufrimiento y lo ­único que retoza es la sensación de estar entre los suyos y estar a plenitud, la cámara ­opera no como testigo sino como homenaje. Es la versión moderna y tecnológicamente avanzada del viejo lente de Goyzueta mejorando a la gente clasemediera y poniendo rubor en la palidez y ojos claros donde el complejo y el ­arribismo lo quisieran.

Pero este columnista alguna vez, y como intruso fugaz y a regañadientes, ha frecuentado ese mundo y puede asegurar que entre ­esa gente ocurren cosas infinitamente más interesantes que torneos de polo, desfiles de caballos de paso y sesiones interminables de maquillaje. Como en todas partes, en esos tramos altos de la pirámide hay gente maravillosa y miserables de sable al cinto, santas y putas, caballerazos y abogados, valientes y fujimoristas. Y como en todas partes, los ­amores cambian de domicilio, los guisos de cocina, los vientos de dirección, las cutras de patrocinador, y las señoras que tienen que vengarse se vengan (y a veces se van), y hay señores que acuden a la fuente de la juventud con el cuento del elíxir y hay jovencitas que se desgarran las vestiduras sin solicitud de por medio y hay juergas donde la chocolateada de parejas termina en crisis y alaridos.

Lo que pasa es que a Eisha no le ha nacido una Magaly. Lo que pasa es que Magaly sólo se mete con futbolistas, ­amigas de todos sin fortuna, actores venidos a más y esforzados obreros de la farándula. Lo que sucede es que en este país hasta el chisme es un ­asunto de clase y el ampay de polendas podría traer problemas judiciales (la indignación de muchos jueces “ante la invasión de la privacidad” de los poderosos se paga con tarjeta de débito).

¡Ah, si aquí hubiera verdaderas páginas sociales! Ya tendríamos que estar enterados, por ejemplo, de la histórica reconciliación de Macarena Leguía y Bernardo Roca Rey. O ya sa­bríamos de dónde ha sacado la señora M. Hume la plata que acaba de inyectarle al programa de su hermanito. O ya estaríamos empapados (como en Eisha) del porqué Walter Bayly ha reemplazado a Raimundo Morales en el Banco de Crédito. Pero para esos sociales tendríamos que tener periodistas, no domésticas. Y tendríamos que haber tenido nuestro Cromwell, nuestra Revolución Francesa, nuestro parto como nación de hombres libres e iguales ante la ley, en suma. Y eso es mucho pedir en el Perú.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista