Otro amor de mamá

Sandra despertó aquella madrugada con ganas de llorar porque había soñado con su madre después de tanto tiempo. “Mami, te extraño”, dijo sollozando; y fue a su ropero sin prender la luz a abrazar el último buzo que su mamá usó antes de morir y se dio cuenta de que desde el Día de la Madre no la había ido a visitar al cementerio. “Más tarde nos vemos, mami”, dijo y volvió a acostarse.

Por Diario La Primera | 30 jun 2011 |    

Aquella madrugada, Sandra volvió a soñar con su madre que trataba de decirle algo en un idioma extraño, como si se arrepintiera de no haberlo hecho antes, como si fuese una gran revelación. Sandra no llegó a entender lo que le decía, pero comprendió que sus sueños eran un llamado.

Fue al cementerio con la inmensa ilusión de besar la foto enorme de su madre en el nicho y extrañamente debajo de la imagen alguien había escrito con una crayola roja: “Me faltan pocos días para estar contigo. Espérame”.

Sandra se conmovió y pensó que la diabetes de su padre había empeorado y que éste en un momento de tristeza había escrito esas palabras. Lo llamó al toque: “Papi, soy Sandra, ¿te sientes bien?”.

—Gracias a Dios, hija, estoy muy bien. Te cuento que hace unos días el médico me dijo que mi diabetes ya no es problema.

Sandra pensó que su padre le estaba mintiendo para evitarle una tristeza y por lo cual le preguntó: ¿Estás seguro, pa’, sabes que no me gusta que me mientas? “Sabes, hija, que yo te he enseñado a no mentir y que siempre la verdad debe imponerse”. “Ya, papi, ¿y has ido al cementerio a ver a mamá después del Día de la Madre?”. “La verdad, hijita, no; pero me daré tiempo un día de estos”. “Ya, papi, adiós”. “Chau, amor”.

Sandra volvió al nicho de su madre para ver de nuevo la inscripción debajo de la foto y se dio con la sorpresa de que un anciano delgado y calvo rezaba arrodillado ante la tumba. La escena que vio la conmovió tanto que no supo qué hacer. Tiesa, miró de lejos al anciano besar la imagen de su madre.

Se puso a llorar cuando el hombre empezó a limpiar con su pañuelo blanco la foto de su madre con un amor desmedido. Iba acercarse, pero se detuvo cuando el anciano sacó del bolsillo de su saco una crayola. Escribió algo y se fue. Luego, Sandra se acercó y leyó: “Amor de mi vida, jamás pude olvidarte todo este tiempo. Ha llegado la hora. Esta noche emprendo el viaje. Espérame para darte el amor y mi vida que el destino no quiso”.


    El Escorpión

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