Otoño de patriarca

Fidel Castro ha renunciado al poder que, por enfermedad, hace 19 meses que ya no podía ejercer. Ha renunciado a casi nada, entonces.

| 20 febrero 2008 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 659 Lecturas
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El problema de la tal renuncia es, sin embargo, que es de pleno derecho inexistente.

Porque se renuncia ante el jefe y Castro ha sido el jefe de sí mismo. Se renuncia ante un superior y no ha habido superioridad más elevada que la de Castro. Se renuncia ante el Presidente y él ha sido el Presidente. O se renuncia ante el Consejo de Estado, que era Castro clonado y con diversas voces y en guayaberas surtidas. Para decirlo en breve: Castro no puede renunciar.

Podría hacerlo ante Dios pero él es Dios en traje de campaña, Dios en el Octavo Día de la Creación, Dios creando el paraíso de la uniformidad, la utopía de la repetición, el Génesis donde se separaron las tinieblas y se dio, sin zarza ardiendo, la Revelación por la que los cubanos asimilaron los Mandamientos Abreviados diseminados a sangre y fuego por el padrecito Stalin.

El primer mandamiento era pensar como el partido. El segundo era ser pionero de niño, JC de joven, militante de cuadra a la hora de la madurez. El tercero jamás se pudo descifrar porque estaba escrito en caracteres cirílicos, aunque Hubert Matos sostiene que decía que todo cubano debía de rezarle en yoruba a Nicolás Guillén, el del son entero y la paloma de vuelo popular, el poeta que no quiso estar el día en que Heberto Padilla confesó ser un espía de la CIA y tener un contacto canadiense para sus infidencias.

Este columnista entró una vez a una librería en La Habana y preguntó por las obras de Ajmátova, Djilas, Trotsky, Dumont y Cabrera Infante. Lo de Cabrera Infante era en plan de joda, pero respecto de los ­otros la verdad es que esperé encontrar algo. No encontré nada. Pero la lista de omitidos era oceánica y no toda se justificaba por el asunto de la escasez de divisas, que era el cuento con el que querían lavarte el cerebro. La Inquisición había sido, en suma, una porquería llena de huecos y rendijas: ¡este era el verdadero Index Librorum Prohibitorum! ¡El infierno antiborgiano en forma de biblioteca expurgada! ¡El destierro de todo lo que pudiera hacer pensar distinto!

Hablando una vez con Hubert Matos, que se había jugado la vida en Camagüey para que Batista fuera derrocado, le escuché esta frase terrible:

–Camilo se murió a tiempo, felizmente. Por eso su recuerdo es pura luz.

Bueno, Camilo Cienfuegos se murió precisamente en ­uno de los viajes entre La Habana y Camagüey, adonde iba continuamente para calmar los ánimos y explicar pór qué Hubert Matos, comandante del Movimiento 26 de Julio, jefe militar de la insurrección en Camagüey, profesor de primaria y combatiente, por qué Hubert Matos, digo, había sido condenado a veinte años de cárcel por traición. Fue Camilo quien le pidió la pistola y lo arrestó en nombre de la Revolución, que en ese momento ya se escribía con mayúscula.

Matos fue juzgado por un tribunal militar revolucionario. Lo que pasó allí fue histórico y está documentado y es una de las peores vergüenzas del castrismo autista de los Raúl y los Alarcón de hoy: cuando Matos estaba convenciendo al tribunal que su juicio era una farsa, que su castigo nada tenía que ver con la sedición y sí mucho con la autenticidad del M-26, Fidel Castro, descendido del Olimpo donde ya vivía dando órdenes, se presentó ante los jueces y el público y lanzó un discurso poderoso y conminatorio en contra del reo Matos, su compañero de lucha, su ­amigo. Los jueces deliberaron ese mismo día. La condena fue a 20 años de reclusión. Castro ya conducía hasta la judicatura.

Matos estuvo los primeros cinco años incomunicado y desnudo. Es que en la cárcel del Combinado del Este debía de usar uniforme de preso común y él se negó a vestirse con ese disfraz. A los cinco ­años, sin embargo, ya no pudo más. Una paliza le había inmovilizado el brazo derecho –lesión que sería una invalidez permanente– y su salud mental empezaba a dar muestras de deterioro.

Cuando se cumplieron los veinte años, Matos tardó todavía un año en gestionar su libertad.

–Fue la última venganza de Castro –me dijo Matos–. Por ­eso es que estuve 21 años en la cárcel, uno más que la pena dictada.

Ese dictador insomne, ese patriarca desmedido, ha renunciado ayer a no se sabe qué en La Habana, Cuba, el país donde ha gobernado sin dudas ni murmuraciones durante cuarenta y nueve años de su edad. García Márquez debería escribir un libro de verdad sobre este tema.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista