Oro, coca, contrabando

Joaquín Villalobos, antiguo líder del Farabundo Martí, ha escrito un interesante artículo en el que plantea que en países productores de oro como Colombia y Perú, su extracción ilegal compite fuertemente con la producción de cocaína.

| 17 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Este fenómeno lo estamos viviendo en los últimos años, pero no es el único pues hay que añadirle el contrabando que ha adquirido una dimensión y formas de organización distintas a las conocidas.

En estos procesos están involucrados miles de personas, que generan verdaderas cadenas productivas que se han convertido en parte importante de las economías regionales. Una fuerte protección social y hasta política los cubre e impide hasta el momento un combate eficaz.

Muchos piensan que la producción de coca es ilegal cuando no es así. La ley permite su cultivo en zonas del Cusco para el consumo tradicional e industrial. Su producción es comprada por la empresa pública. El problema es que el cultivo para el tráfico de cocaína supera con creces las áreas autorizadas por la alta demanda internacional de la droga.

Lo grave es que se ha creado gran confusión al intentar proteger al campesino que produce para el tráfico del narcótico. Algo parecido sucede con los que explotan el oro ilegalmente.

La participación masiva ha despertado la codicia de sectores emergentes, que asumen como un dato del negocio su vinculación con los grandes capitales mafiosos, que controlan el mercado internacional. Igual pasa con el contrabando, que sobre todo en la frontera con Bolivia se ha convertido en un componente clave de la economía local.

Todo esto no son más que expresiones de un capitalismo salvaje, acicateado por el instinto del lucro más primitivo, que atenta contra la economía nacional, el Estado y la convivencia democrática. El problema es que ciertas corrientes ideológicas concilian y hasta defienden esta delincuencia. Durante el quinquenio pasado cierta beatería transformaba estas explotaciones en “conflictos sociales” y le achacaba la responsabilidad al gobierno.

De hecho el nacionalismo construyó buena parte de su base social sobre este predicamento, auxiliado por ideas obsoletas de ciertos ideólogos de “izquierda” que creen que todo desorden es bueno y que fantasean con tácticas anti dictatoriales en plena democracia.

Si algo positivo hay que reconocerle al presidente Ollanta Humala, es que abandonó ya en el poder esta barbaridad, pero el viraje no le dio tiempo para desprenderse de una bancada parlamentaria poblada de prósperos empresarios del capitalismo informal.

De hecho las vacilaciones frente a los traficantes de oro cuya depredación ambiental ahora compromete al gobierno, es una muestra de que las cosas no están del todo claras.

Esta peligrosa economía fuera de la ley, mueve entre oro y cocaína, cuatro mil millones de dólares en partes iguales y crece en un mercado despiadado. Exige una acción política concertada, para no vernos en poco tiempo deteriorados a extremos centro americanos.


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