Ordenamiento sectorial

Sobre un sistema energético reposa la capacidad operativa de un país, tanto en lo que se refiere al servicio público como a su aparato productivo. Todo funciona en base a energía y todo se detiene cuando le falta energía. El abastecimiento energético y un adecuado servicio eléctrico son de interés público. La aspiración de una nación es lograr un abastecimiento energético seguro y de adecuada calidad, ambientalmente tolerable, socialmente solidario y sostenible a largo plazo dentro de precios razonables.

Por Diario La Primera | 30 set 2008 |    

Su materialización es tarea de Estado y ocupación permanente de gobierno. Como resulta cuasi imposible lograr simultáneamente bueno, bonito y barato, las soluciones son siempre transaccionales: se cede en un aspecto para obtener algo mejor en otro. Los hilos finos de la política energética establecen la prelación entre las cualidades que se persigue. Los hilos gruesos son los marcados por la ley eléctrica y su reglamento. La consabida expresión de “no existe política energética”, expresa que no se percibe manejo de hilos finos hacia un objetivo de interés común.

La concepción y materialización del sistema energético es tarea compleja y dinámica. Involucra a distintos actores, teniendo en los extremos a los consumidores y a los proveedores, con legítimos intereses y obligaciones recíprocas que se necesita conciliar y hacer converger hacia un objetivo común. El logro de ese objetivo va trazando en las décadas una ruta que pasa por metas sucesivas. El interés legítimo del lado del consumidor es el suministro adecuado; del lado del proveedor es la remuneración adecuada. El interés de uno se salda con la obligación del otro.

En nuestra época, marcada por el agotamiento del modelo de combustibles fósiles sin que aparezca el modelo sustituto, la seguridad del abastecimiento energético es tema prioritario en las políticas nacionales. La seguridad energética es el nombre técnico del ya antiguo adagio de “la energía más cara es la que no se tiene cuando se necesita”. Para Perú de inicios del Siglo XXI, Camisea y el gas natural fueron su opción de seguridad energética, antes que la pusiesen en riesgo la exportación sin obligación de reposición de reservas y el despilfarro en la generación eléctrica.

El sistema energético de una nación está permanentemente en transformación y en expansión. Se materializa a través de proyectos individuales, con diversos gestores. Cada uno de esos proyectos de cientos de millones de dólares y calendarios quinquenales son sólo una pieza dentro de un gran rompecabezas. Son piezas que necesitan orientación y percepción de la seguridad de poder encajar sin sobresaltos en el complejo sistema energético. El gestor de cada uno de esos proyectos no tiene la misión de salvar al mundo; su misión es una inversión rentable dentro de un mundo estable. Los proyectos se decantan durante extensos procesos de análisis. Las obras son complejas. Su financiamiento es una tarea mayor. La ejecución de un proyecto energético demanda conocimientos multidisciplinarios, altamente especializados y experiencia. Cada proyecto significativo se caracteriza por plazos muy largos y por insumir grandes inversiones: entre identificar opciones y culminar obras transcurren de 5 a 10 años; los proyectos medianos requieren centenares de millones de dólares; los mayores, millares de millones de dólares.

El desarrollo del sistema energético no puede dejarse librado al azar. Para que un conjunto de solistas constituyan una orquesta, necesitan dirección y director. Cada uno de los proyectos y sus inversiones estarán mejor respaldados por un sistema planificado, que marque un objetivo de conjunto y metas. Alguien tiene que establecer qué y cómo. Y pronto.


    Carlos Herrera Descalzi

    Carlos Herrera Descalzi

    Opinión

    Columnista