Oportunidad para la paz

El anuncio de un nuevo diálogo entre el gobierno colombiano y las FARC, ha sorprendido a propios y extraños. La decisión que ha tomado el presidente Juan Manuel Santos, además de valiente, no ha sido fácil. Tiene atrás no solo varias negociaciones de paz fracasadas en el pasado (Betancur, Gaviria, Samper y Pastrana) sino también la “exitosa” estrategia del expresidente Álvaro Uribe contra las FARC que le permitieron índices elevados de popularidad, una primera reelección y apostar a una segunda, declarada felizmente inconstitucional. No es extraño que sea el propio Uribe, convertido hoy en el principal opositor de Santos, quien haya dicho que estas últimas negociaciones son una “bofetada a la democracia”.

| 09 setiembre 2012 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
Oportunidad para la paz
COLOMBIA
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Santos, exliberal y uno de los fundadores del Partido de la U, partido uribista, fue ministro de Defensa del propio Uribe. Cuando se lanzó a la presidencia, apoyado por Uribe, muchos pensaron que se trataba de un uribismo sin Uribe, sin embargo al poco tiempo demostró que el camino elegido era otro; muy distinto por cierto al de Uribe. Una de sus primeras acciones fue rebajar las tensiones con Hugo Chávez, enemigo jurado de Álvaro Uribe.

Colombia desde hace muchos años se balancea entre la guerra y los acuerdos de paz. Vive una suerte de eterna lucha armada que comenzó a finales de los años cuarenta, que tuvo su origen en el proceso de apropiación de tierras de los campesinos por los terratenientes y que enfrentó, primero a liberales y conservadores, y después al Estado contra una serie de grupos guerrilleros, siendo el principal el de las FARC.

Sin embargo, cabe preguntarse qué hace diferentes estas negociaciones de las anteriores y por qué éstas podrían arribar a buen puerto. Para la revista colombiana Semana, según una nota de la BBC, las diferencias entre estas negociaciones y las de Caguán (se refiere a las que tuvieron lugar durante el gobierno de Pastrana hace catorce años) se resumen en cinco puntos: un Estado más fuerte militar y políticamente, frente a una guerrilla con su cúpula debilitada; una estrategia clara para terminar el conflicto, que incluye un preacuerdo y reglas de funcionamiento; un diálogo que tiene lugar en el extranjero, sin exigir el cese de hostilidades; la influencia de Chávez y el acompañamiento internacional en las conversaciones y el contexto político dentro de Colombia.

Para muchos en el caso de las negociaciones de Caguán, las FARC no llegaron a aquel proceso con una verdadera intención de dejar las armas sino más centradas en la cuestión del canje de rehenes, y el Estado tampoco llegó a la mesa de negociación en las mismas condiciones en que lo hace ahora.

Para Álvaro Villarraga, presidente de la Fundación Cultura Democrática e investigador de los procesos de paz en Colombia, en Caguán “las FARC eran prepotentes, sentían que estaban en desarrollo y creyeron en la posibilidad de una victoria militar” (Cable de la BBC). Y si bien hay varias explicaciones del por qué hoy son posible estas negociaciones de paz, me interesan subrayar dos.

La primera son los cambios operados al interior de las FARC no solo desde el punto de vista militar sino también político. Steven Dudley autor de un libro realmente interesante: Armas y Urnas, Historia de un genocidio político. UP. (Edit. Planeta), relata de manera muy precisa cómo durante los anteriores procesos de negociación las FARC no estaban interesadas en la paz sino más bien en aumentar su capacidad militar para desarrollar un poderoso ejército.

El mejor ejemplo fue la creación de la Unión Patriótica (UP) por las FARC en la década de los ochenta que, según este autor, no significó un real ingreso a la democracia sino más bien una suerte de utilización política con fines propagandísticos ya que lo central seguía siendo la guerra. Además, el nacimiento de la UP representó el desplazamiento del PC en la conducción política de la lucha armada y la conversión de las propias FARC en la vanguardia política y militar del proceso.

Por eso las FARC no estuvieron interesadas en un desarme real. Se puede señalar que hoy con la desa-parición de sus cuadros más antiguos y más comprometidos con la lucha armada, el camino político, es decir el de la paz, es posible. No es extraño que el nuevo líder de la guerrilla, Rodrigo Londoño, más conocido como Timochenko, haya dicho que las FARC se acercan a la mesa de negociación “sin rencor ni arrogancia”.

La segunda explicación son los cambios operados al interior del Estado, de un sector de la clase política y esperamos de las FFAA. Cuando se creó la UP, paralelamente se crearon los grupos paramilitares. Su fundador fue el general Fernando Landazábal, curiosamente ministro de Defensa del presidente Betacur protagonista de uno de los procesos de paz.

Los paramilitares fueron grupos armados integrados por terratenientes, militares, narcotraficantes y exmiembros de la guerrilla que contaron con el apoyo del Estado colombiano y de los EEUU. Son estos mismos grupos los que en los años ochenta, con el apoyo de las FFAA, asesinaron a más de tres mil dirigentes, militantes y autoridades electas pertenecientes a la UP. Hoy los paramilitares no cuentan con el apoyo del gobierno como sí sucedió durante las dos administraciones de Álvaro Uribe.

Como se puede observar ni uno ni otro buscaban la paz: El primero quería crear un poderoso ejército, el segundo exterminar a los primeros. La violencia terminó así por desbordarse, incrementando aún más el desorden social y político en Colombia.

Hoy las negociaciones discurren por otro camino. Las FARC, a diferencia del pasado, aceptan discutir por primera vez el tema del desarme. Otro elemento es que este proceso de paz se inicia sin que haya despeje de territorios ni fin de las acciones de las fuerzas de seguridad como sucedió en las anteriores negociaciones: “Las operaciones militares continuarán con la misma o más intensidad”, ha dicho el presidente Santos.

También se puede mencionar que las negociaciones se darán en el extranjero y que contarán con la presencia de Cuba, Noruega y Venezuela. El paramilitarismo y el narcotráfico están hoy debilitados y desprestigiados, como también las FARC. El Plan Colombia, promovido por los EEUU, en la práctica, ha fracasado.

Incluso, las estrategias más duras para enfrentar la violencia política, como es el propio uribismo, tienen problemas. Políticos cercanos a Uribe están prófugos, procesados, detenidos o acusados de formar parte ya sea del paramilitarismo o de participar en actos de corrupción. Por último la paz es un anhelo de la mayoría de los colombianos.

Según cifras extraoficiales en todos estos años de violencia ha habido en Colombia 125 mil desaparecidos, 800 mil muertos y más de cuatro millones de desplazados. Por eso que se esté dando una nueva oportunidad a la paz es una gran y feliz noticia.

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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

Parlamentario Andino