Obsesión emblemática

Es interesante que en el afán por impedir la tercera presidencia de Alan García, se pongan como blanco obras de gran impacto social. Tras su primer gobierno el objetivo fue el tren eléctrico que acabó detenido durante veinte años. Ahora se trata de los grandes colegios públicos.

| 05 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Lima se vio privada de un sistema de transporte masivo desde mediados del siglo pasado, gracias a campañas sistemáticas que pregonaban que los trenes eran obsoletos y que el futuro era de los automóviles y la gasolina. Sesudos artículos de especialistas llenan bibliotecas enteras y aún hoy es frecuente escuchar a expertos atentos a denunciar la menor chispa de nuestra primera línea de metro.

Quizás la preocupación real es que desde un principio se pensó en civilizar el transporte que la desregulación entregó a empresarios aventureros. Estos se llenan los bolsillos pisoteando cualquier norma y atropellando la dignidad ciudadana. Además los retrógrados siempre piensan que las masas no se “merecen” tanta inversión.

La misma motivación se repite con la campaña contra los colegios emblemáticos. Construidos a mediados del siglo pasado fueron quizás el último esfuerzo por tener una educación pública decente. A partir de los años setenta se abrió una fase de decadencia que ha tenido causas y motivaciones complejas.

Por un lado el justo afán de universalizar la educación se hizo sin mayor inversión en infraestructura y se partió el horario recortando las horas lectivas. Luego a alguien se le ocurrió que habían demasiados cursos y a esto se sumó la moda de que todos deben ser comerciantes, lo que volvió aun más inconsistente la educación en el país.

Lo realmente grave en este proceso es que las clases medias abandonaron la educación pública, convencidas de que era para los pobres, ergo una pobre educación. A diferencia de lo que sucede en los grandes países latinoamericanos donde al igual que en Europa la escuela es pública. Las propias clases medias acomodadas de los mejores barrios, no dudan en enviar al colegio estatal que les corresponde a sus hijos.

La extraordinaria inversión para modernizar los grandes colegios del Estado no tiene antecedentes. Los ciudadanos que cambian no los consideraban en sus planes y los tenían totalmente abandonados. Incluso la actual ministra ha paralizado el programa y los ataca con el absurdo de que la nueva infraestructura no corresponde a la calidad brindada. Todo esto dicho al mismo tiempo que suspende la meritocracia en la carrera pública magisterial.

Este sentimiento reaccionario de ciertos sectores medios que no toleran la obra pública y que siguen desconcertados por la mayor inversión estatal de la historia, hecha por el gobierno aprista, impregna a los perseguidores más allá de su ropaje de ocasión.

Los herederos de los odios oligárquicos y estalinistas, van a estar muy ocupados con la varita del chamán, que fragua cualquier expediente con sus peritajes al mejor postor, en sus oscuras sesiones secretas.


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