Nunca más volvió

El primer día de clases, Laura no hacía otra cosa que escuchar al profesor Roberto, que hablaba de grandes cosas, digamos, pero para ella, novata en la disciplina, le parecía lo mejor de lo mejor y creía que él había bajado del cielo.

Por Diario La Primera | 20 jul 2012 |    

El segundo día, Laura fue a la clase con grabadora en mano y con todas las ganas del mundo de aprender del profesor que se esforzaba en dar todo de sí y se dio cuenta que su alumna gordita lo miraba para escucharlo con tanta atención que lo ponía nervioso.

En tercera clase, Laura descubrió que el profesor repitió una idea de la primera clase y cuando terminó de dictar le hizo notar. “Profesor, volvió a repetir una idea que ya había explicado en la primera clase”. “Sí, lo hice adrede para ver si todos estaban concentrados”, dijo en son de broma y se marchó muy nervioso.

El profesor Roberto había cumplido 22 años de edad y era considerado uno de los profesores más jóvenes del instituto y Laura iba a cumplir 19 y era una de las alumnas mayores de la clase. Laura tenía muchas ganas de aprender y Roberto muchas ganas de enseñar.

Una tarde, después de clases, Laura lo esperó a Roberto fuera del instituto. “Profesor, me gustaría que me explicaras la última clase”. “Le explico en clase, señorita”, le dijo, se puso rojo, y se marchó.

La siguiente clase, el profesor no fue al instituto por unos problemas familiares y Laura se pasó todo el día pensando en Roberto. “Por favor Dios, espero que no le haya pasado nada. Dios mío, protégelo. Te lo ruego”, decía.

La próxima clase, Laura esperó al profesor con un regalo; y en clase le pidió que le revisara una nota y en la hoja que le alcanzó delante de todos ella había dibujado un corazón atravesado por una flecha; ese mismo día, al final de la clase, le dijo al profesor. “Por favor, acompáñeme a mi casa”. Roberto no supo qué hacer y apuró el paso.

Cuando Roberto entró a la clase, todos se rieron de él; porque Laura había escrito en la pizarra con letras de colores: “Te amo, profe”. Las carcajadas continuaban, entonces Laura se paró enojadísima y gritó: “Cállense la boca malditos”.

El profesor salió del salón; después, del instituto; llegó a su casa, desde ahí envió su carta de renuncia y nunca más volvió al instituto. Dicen que Laura lo buscó por un tiempo; pero cuando llegó el profesor de reemplazo quedó cautivada, prendada, por las cosas que decía, y la primera clase de él lo atendió con el mismo entusiasmo que la primera clase de Roberto.

    El Escorpión

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