No le toca desayuno

Los vuelos de madrugada, además de producir incomodidad, nos dan la oportunidad de comprobar comportamientos poco usuales ya que, generalmente, los involucrados en tareas que se realizan en esos horarios muchas veces están de mal humor, cansados o, quizás, fuera de ritmo.

| 20 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 911 Lecturas
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Hace unos días en vuelo de noche llegué de madrugada a una ciudad (no importa el nombre ya que lo que voy a contar ha podido suceder en cualquier lugar), ya en el hotel fui recibido por la administradora de manera especialmente amable, frases corteses e invitación a desayunar en el comedor “o si prefiere señor, le llevamos el desayuno a su habitación”.

Luego de agradecer el recibimiento y las atenciones recibidas le hice saber a esa persona que lo único que quería es recuperar algo del sueño perdido por el madrugón (me había levantado a las tres de la mañana ¿o de la noche?) para luego ponerme a trabajar, motivo por el cual estaba allí. Descansé algo más de una hora y luego me provocó desayunar.

Me dirigí entonces al comedor acordándome de la invitación hecha a mi llegada. Ya en el comedor el mozo, un señor mayor de andar pausado, me saludó y acercó la carta. De inmediato le pedí que anotara lo que quería desayunar.

Pedí algo fuera de la carta y parece que eso le hizo ver que yo era alguien nuevo en el hotel así que me preguntó ¿usted acaba de llegar verdad? Respondí que efectivamente acababa de llegar y el mozo me contesta ¡ah, entonces no le toca desayuno!

Comprenderán ustedes mi fastidio ante tamaña frase, poco feliz por cierto, pero debo reconocer luego de pasados algunos días, que fue dicha de boca para afuera, como de memoria o sin querer queriendo. Igual cuando una telefonista que nos hace preguntas en algún momento de la conversación usa la frase: ¡entonces usted ni siquiera sabe cuando hizo el pago!

No le toca o ni siquiera. Ambas frases no necesariamente son indicadores de un trato grosero pero, lamentablemente, es el efecto que producen: maltrato, que luego de recibido forma en nosotros una opinión poco favorable de quién la dijo. Pensamos de hecho que quien así habla es un malcriado aunque algunas veces no es así.

Lo que decimos no es siempre lo que queremos comunicar. En el ejemplo que cito no sólo se pone de manifiesto una nula comunicación entre la recepción y el comedor del hotel sino que además conocemos el comportamiento de un hombre mayor, quizás cansado y que además tiene que trabajar de madrugada y otros tantos motivos que lo hacen expresarse de esa manera.

Lo cierto es que esa expresión, igual que la usada por la telefonista, deja en quien la recibe una sensación de molestia por el trato recibido. Me malogró el desayuno, podría decir, sin embargo la experiencia me ha permitido usar esta situación para comprobar que no siempre lo que decimos es lo que pensamos decir, aunque una vez dicho no haya vuelta atrás. Así que ya lo sabe antes de decir algo piense en las palabras que va a usar para decirlo, evitará así que se formen una idea equivocada de usted.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista