No le pudo decir nada a chica de los ojazos

El hombre triste se asombró como nunca con el brillo extraño de sus ojos claros y oceánicos de la muchacha grande de piernas asombrosas y cabellos ensortijados. Se asustó un poco porque fue ella quien lo saludó, tal vez porque recuerda con gratitud el día aquel en que él la salvó de que le cayera un poste de una carpa gigante durante una cobertura periodística.

| 08 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 537 Lecturas
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—Hola, J.

—…

El hombre enamorado no pudo decir nada, ni siquiera un “cómo estás” ni siquiera “hola”, nada. Desde aquel día en que la salvó de que un poste le cayese encima no deja de pensar en ella un solo instante. Hizo de todo para verla. Fue incluso a rezarle al Señor de Milagros y memorizó versos enteros para lucirse ante ella, pero cuando la vio en la puerta del centro comercial no le dijo nada, nada de nada.

—Hola, J., ¿no te acuerdas de mí?

—…

El hombre triste solo la miraba con una carita de pena.

—Me tengo que ir J., ya nos vemos otro día. Me llamas.

—…

La mujer desapareció entre sus colegas aquella mañana de un viernes cualquiera, y cuando ella estaba ya lejos, solo en ese momento, le volvió la voz al hombre y empezó a recitar versos, como el más dotado de los poetas románticos. Entonces, fue corriendo en busca de ella. No pudo llamarla, porque no tiene el número de su celular. Corrió como diez cuadras con la ilusión de encontrarla y no la halló.

El hombre triste se sentó en una vereda y empezó a rezar para volver a verla, porque desde aquella vez en que casualmente evitó que le cayera un poste, ella se ha convertido en un motivo para seguir viviendo. “Juro, mi Dios, por ti, que si la veo otra vez no me quedaré callado”, dijo.


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