No era verdad tanta belleza

El pintor Henry Oliveira Díaz, bajito y pazón, se levantó el último lunes por la mañana alucinando que se había transformado en un hombre nuevo con ganas de cambiar él y con la ilusión de cambiar al mundo. Lo primero que hizo fue cortarse las uñas, los cabellos y afeitarse, que no lo había hecho desde aquel día en que tuvo que asistir obligado a la boda de su hermano.

| 18 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 760 Lecturas
760

Luego arregló su cuarto y sacó a la calle siete bolsas negras gigantes de basura, limpió el piso y las ventanas y ordenó sus brochas y sus tablas. Inclusive limpió la alfombra que estaba llena de pulgas; y, después de un rato, se sentó para planificar cómo iba a terminar el trabajo por el cual había cobrado por adelantado.

“Debo terminar treinta cuadros para entregarlos a fin de mes”, pensó y extrañamente empezó a pintar como loco, como poseído por la vitalidad, y, al final del día, había pintado ya diez cuadros de frutas alucinantes del sur y plantas exóticas de la selva.

Henry es uno de esos pintores jóvenes captados por exportadores de lienzos a los Estados Unidos y Europa, quien harto de estar sin trabajo, aceptó pintar cualquier cosa a cambio de dinero y eso lo encerró en una tremenda tristeza, en un hoyo de frustración del que ahora alucina haber salido.

Al mirar que había pintado ya diez cuadros de frutas alucinantes del sur y plantas exóticas de la selva sintió que algo estaba mal, que era imposible que haya pintado tanto en tan poco tiempo.

Salió y vio que las calles estaban ordenadas y limpias, sin mendigos y ambulantes en los paraderos y que en los parques niños felices abrazaban a sus padres sonrientes. Seguía caminando y curiosamente casi no escuchaba nada. El día estaba alumbrado por un sol hermoso, pese a que el invierno todavía no se iba.

Tomó una combi silenciosa a Villa María del Triunfo y vio que las casas de los cerros tenían pequeños jardines colgantes y techos de tejas rojas.

Volvió a casa con una sonrisa inmensa y en dos horas pintó tres cuadros más. Sintió entonces que era verdad que se había transformado en un hombre nuevo con ganas de cambiar él y con la ilusión de cambiar el mundo, pero de pronto se malogró la fiesta. Un maldito cuadro cayó al piso e hizo tanta bulla que lo despertó, en el mismo muladar de cuarto, sucio y desordenado, con todos los encargos por terminar.

¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.



...

El Escorpión

El Escorpión

elescorpion@diariolaprimeraperu.com