Ni una gota

Lloró tanto de niña que algunos decían que se le había agotado las lágrimas. Sin embargo, sus amigas le pasaban un pañuelo cuando la veían hacer un gesto de pesadumbre, de adversidad, de dolor. Lloraba todo el día, indican.

| 02 mayo 2013 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 570 Lecturas
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Hasta la felicidad la hacía llorar a esa mujer, asegura una de sus amigas. Es que se emocionaba con todo, informa. No eran lágrimas de cocodrilo las suyas. Cada gota tenía sentido. Lloraba porque veía a una madre vendiendo caramelos con su hijo en la espalda, lloraba cuando a un niño no le dejaban entrar en el restaurante para vender sus caramelos, lloraba cuando veía a una anciana triste en la calle, cuando escuchaba en televisión una noticia lastimera. Lloró cuando nació el hijo de su hermana, de su prima, de su tía y también de su vecina; y fue la que lloró más cuando un equipo de fútbol de su preferencia le ganó a su rival después de mucho tiempo. Lloraba ante el televisor, cerca del radio, ante la pantalla de la computadora. Sus amigas cercanas le contaban sus problemas sentimentales y la convirtieron en un paño de lágrimas. Era una mujer rara, demasiado sentimental, y había llorado miles de veces en sus 40 años de vida. Dicen que antes de morir lloró todo el día. No por su vida sino por los amigos que dejaba. Tenía muchas amistades, pero, curiosamente, el día de su muerte, pese a la pena y la tristeza, nadie lloró por ella. Nadie, absolutamente nadie. Fue un entierro extraño, ninguna lágrima se derramó por la mujer que se había pasado la vida llorando por todos. El sacerdote se sintió raro cuando vio que en su entierro había caras tristes pero ninguna lágrima.

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