Muerte de un grande

Ayer ha muerto Alexandr Soljenitsin. Este columnista leyó a este ruso deslumbrante cuando estaba de moda restarle importancia –desde la izquierda-, o dársela sólo en el plano de la política –desde la derecha-.

Por Diario La Primera | 04 ago 2008 |    

Alguna vez, en una entrevista que me hiciera una estudiante de la UPC, me permití decir que el mundo de Joyce era el que más me había atraído pero que, como novelista, Soljenitsin era una cumbre en muchos sentidos solitaria.

La literatura rusa tiene una belleza especial y es, por su vigorosa identidad, una de las pocas literaturas que toleran el conflictivo predicado de “nacional”. Se diría que hay una manera eslava de narrar, así como hay un modo francés de pensar y puntuar y una respiración característica del español.

Soljenitsin tenía todos los méritos de sus antecesores –Tolstoi y Dostoievski principalmente- pero había hecho del típico descriptivismo ruso un arte inigualable, un arte-río que parecía incorporar en su torrente todos los elementos (incluyendo malezas, podredumbre) y llevarse de encuentro cualquier defensa que el lector opusiese. Con él no había escapatoria. Leerlo era ser hipnotizado.

“Un día en la vida de Iván Denísovich” es la mejor novela corta que haya leído jamás. Y “Pabellón del cáncer”, el mejor retrato del estalinismo que mi experiencia de lector puede ahora recordar. Pero “Agosto,1914”, el monumental fresco de la decadencia zarista previa a la primera guerra mundial, demostró que el arte de este gigante de la literatura aspiraba (y llegaba al borde de la hazaña) a lo que Vargas Llosa ha llamado con insistencia “la novela total”, esa manía afiebrada de remedar a Dios creando un mundo paralelo tan convincente como aquel en el que amamos y morimos.

En los años 70, cuando empecé a leerlo, a Soljenitsin le hacían mucha publicidad los chicos de la caverna internacional. Y es que él se había convertido en un símbolo de la resistencia a la dictadura del comité central del partido comunista. De modo que cuando abrí “Un día en la vida de Iván Denísovich” lo hice con el mismo miedo con el que abordé a Boris Pasternak.

¿Sería Alexandr Soljenitsin un Nobel propagandístico, como lo fue Pasternak, o estábamos frente a un creador de verdad que el conservadurismo –bajo su responsabilidad- había convertido en arma “antisoviética”?

Me bastó leer las primeras páginas de “Un día en la vida de Iván Denísovich” para reconocer la mezquindad de mi sospecha. No, este no era el talentoso aunque sobrevalorado Pasternak. Ni era el casi inventado Andrei Siniavski. Ni el “preferido de Susan Sontag”, Víctor Serge. Este era un genio, un tipo que escribía con la naturalidad de una función corporal.

A Soljenitsin no le permitieron salir de la URSS, en 1970, para recibir el Nobel de literatura. Los vejetes que habían ordenado, dos años antes, la invasión de Checoslovaquia (y de los que hoy nadie se acuerda) añadieron una vergüenza más a la muy gorda lista de abusos y crímenes del estalinismo.

No les bastó que el novelista hubiese pasado ocho años de su vida en distintos campos de confinamiento –incluyendo un hospital oncológico donde fue recluído sin padecer de cáncer-.

Y en 1974, luego de la publicación de “Archipiélago Gúlag” –quizá su obra menos importante- esos mismos vejetes –un poco más depravados por el uso- lo despojaron de la nacionalidad soviética y lo expulsaron de sus territorios. Fue a la vez una bendición y una maldición.

Bendición por el banquete de libertad que supuso. Maldición porque Soljenitsin, arropado por la derecha más estrafalaria, se convirtió, políticamente hablando, en una caricatura de sí mismo, un portavoz de las nostalgias de los Romanov, un modo sobrio de ser Yeltsin.

Desde el punto de vista literario, Soljenitsin ya no podía ofrecer más. Se dedicó a ser usado y a dictar conferencias mientras preparaba un ensayo –que publicaría en el 2001- sobre la convivencia de rusos y judíos a lo largo de los dos últimos siglos.

Extinguida la Unión Soviética –con vejetes y todo-, volvió a Rusia en 1994. En los últimos tiempos pareció comprender, con amargura, que lo que Occidente le pedía a los rusos no era la democracia (más o menos conquistada) ni el capitalismo (entusiastamente asumido, taras y mafias incluidas) sino la estricta sumisión.

Y hace dos años, por fin, se enfrentó a la Unión Europea y a su brazo armado (la OTAN) por el asunto del escudo misilístico con el que Washington decidió acorralar a la Federación.

Pero Soljenitsin no era el comentarista político que muchos quisieron callar o aprovechar. Fue el maravilloso novelista que termina con estas palabras ese homenaje a la perfección que es “Un día en la vida de Iván Denísovich” (parte clave de su autobiografía carcelaria):

“Ha pasado un día, un día que nada ha podido oscurecer, un día casi feliz. De estos días, cuando termine su condena, habrá pasado tres mil seiscientos cincuenta y tres. Los tres de más, a causa de los años bisiestos”.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista