Movimiento celular

Recibí en el celular una llamada que me interesaba atender, no había buena señal en donde estaba así que para poder escuchar más o menos claramente, tuve que quedarme quieto, no moverme, como si estuviera jugando a las estatuas. Logre atender y entender con alguna dificultad la llamada, sin embargo al terminar me quedó dando vueltas en la cabeza la interrogante: ¿por qué es que necesito moverme cuando hablo por teléfono y sobre todo moverme tanto? Y me di cuenta que este comportamiento me viene de mucho antes de los celulares. Me acuerdo ahora del teléfono con un larguísimo cordón y también del cordón anillado extensible para mayores distancias que me permitía moverme o mejor dicho pasearme por la oficina o por la casa con el aparato telefónico en una mano y el auricular en la otra.

| 09 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 826 Lecturas
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Ahora hablamos caminando en la calles, pero cuando no estamos en la calle también caminamos cuando hablamos, dando vueltas. Esta necesidad de movimiento parece tener su origen en la falta de espejo, es decir en la no presencia del otro, en el no vernos reflejados, como si sintiésemos la necesidad de construir muchas imágenes para que se dibujen en nuestra voz.

Sentado en el lobby de un hotel, revisando un material en mi laptop, rompe mi concentración una huésped que pasa por detrás de mí hablando por el celular, va y viene siempre por detrás y su enorme voz se acerca y se aleja interrumpiéndome, molestándome, cuando creo que por fin me la voy a sacar de encima, o de atrás, entonces de súbito cambia de frente, siempre moviéndose y siempre vociferando, pero mi ilusión se acaba pronto, esta vez la señora va y viene, hablando, siempre hablando, pero ahora delante de mí.

Y otra vez me pasa en el café, donde las conversaciones entre los habituales clientes eran parte de la agradable experiencia de compartir, ahora en cambio una inmensa mayoría está sentado a la mesa del café pero hablando por el celular, y resulta que si bien hablar por teléfono estando sentado elimina el paseíllo, el sustituto es tanto peor: el volumen estridente de los hablantes hace imposible el disfrute del encuentro alrededor de una taza de café ¿Qué nos importará a nosotros lo que digan? ¿Por qué nos tienen que enterar de sus cuestiones?

En los aviones está prohibido el celular pero mucho me temo que el avance de la tecnología superará las restricciones que ahora impiden su funcionamiento y que una vez superadas se permitirá su utilización y, entonces, la experiencia de volar en esos tiempos será harto más desagradable que cuando se podía fumar durante el vuelo.

Se ha considerado problema de salud pública el fumar en lugares públicos y, felizmente, es una ley que se cumple. La razón de la prohibición estriba en que el acto individual de fumar perjudica la salud de quienes están alrededor debido a la contaminación por humo, vale decir porque afecta la respiración de los demás

¿Y el oído, entonces? ¿Por qué no se prohíbe el hablar en lugares públicos? ¿Acaso no existe también la contaminación auditiva? Sé de algunos lugares públicos en nuestra ciudad, claro que son pocos pero los hay, en los que no está permitido el uso del celular

Bien por ellos, por los que disfrutan, bienaventurados porque no son interrumpidos en su conversación o en su ensimismamiento. Sus experiencias deben conocerse para emularlas y provocar algunas acciones para recuperar nuestro espacio y nuestro derecho a no ser interrumpidos.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista