Monos en Pittsburgh

La reunión de Pittsburgh ha servido para confirmar lo que ya sabíamos: los líderes del mundo no entienden lo que está pasando y son parte del problema, no de la solución.

| 27 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 475 Lecturas
475

Ante un sistema de producción y consumo que nos lleva al suicidio planetario, los G-8, convertidos hoy en G-20, ¿qué proponen?

Más ayudas estatales (o sea más dinero ficticio) para el archipodrido sistema financiero internacional.

Es decir que los banqueros, esa mafia que Chicago no llegó a ver, van a seguir recibiendo papel moneda con el que pagar las deudas que sus prácticas de traficantes crearon y engordaron.

“Limitaremos las primas a los funcionarios de la banca”, anunciaron en Pittsburgh.

Pero los banqueros europeos advirtieron que “las regulaciones” al sistema financiero no debían ser “muy rígidas” porque ello podría “frenar las inversiones”.

Si un observador inteligente y cósmico nos viera y nos oyera desde un puesto de observación casi perpendicular a Pittsburgh –es decir, si Dios existiera-, se preguntaría:

-¿Pero es que estos son imbéciles de nacimiento o tuvieron que aprender a ser así?

Claro, porque frente a un mundo que se desvanece envenenado por las perforaciones petroleras y los relaves mineros, ¿qué significa darle un 5% más de representación en el Fondo Monetario Internacional a las economías emergentes?

Significa nada.

Y más que nada es que estos dirigentes del mundo no entiendan el mensaje que claman los glaciares, los polos calentados, Groenlandia en peligro: el sistema actual de producción y consumo tiene que detenerse. La Tierra no lo tolera más. La humanidad no lo tolera más.

Tenemos que cambiar de raíz nuestros paradigmas. Y empezar ahora.

Que sea considerado nefasto, por ejemplo, que el Producto Interno Bruto mundial crezca sin cesar. ¿Qué superstición indigna nos lleva a pensar que producir y consumir, como si no hubiera mañana, es vivir?

Que el crecimiento no consista en la invención de necesidades pueriles. ¿Cuán despreciables nos volvemos cada vez que somos siervos del sistema de comprar y tirar? Cada vez que hacemos eso nosotros mismos somos de usar y tirar.

Que la comunicación no sea una emboscada de la publicidad. Porque de eso se trata: se talan bosques para que millones de toneladas de basura se puedan imprimir con cada vez mejores colores. Y se estupidiza a la gente para que, entre publicidad y publicidad, coma sobras de la farándula global.

Que sea posible una protesta mundial en contra de la corrupción de la política, hoy sirvienta de las corporaciones.

Que el hambre y las enfermedades surgidas de la desnutrición sean considerados un crimen. Porque con la décima parte del gasto mundial en armas todo eso se solucionaría.

La Tierra tiene un hueco en el ozono y a un mono peligroso y anacrónico a cargo de sus políticas.

Ese mono puede apellidarse Calderón, Obama, o Berlusconi. Lo único cierto es que es un mono con una metralleta. Un mono cautivo del hidrocarburo y de la idea del desarrollo infinito con recursos finitos.

Cuando los océanos suban metros y las ciudades ribereñas desaparezcan y las migraciones enloquezcan, ¿a quiénes les vamos a pedir cuentas?

Los monos Cheney y Bush estarán muertos. Macacos emergentes los reemplazarán. Y seguirán diciendo que están preocupados por “la crisis alimentaria” (creada por ellos), “la crisis energética” (impulsada por sus modelos insostenibles), y “el cambio climático” (frente al cual no se atreverán a tomar ninguna medida seria y pronta porque en ello se les va el pellejo).

Tuvimos mala suerte.

Un hombre como Marx debió de nacer en esta época. Un hombre como Mandela no debía ser tan viejo. El ejército verde debió desfilar por una plaza sembrada de abedules.

La única certeza es que tenemos que deshacernos de los monos. Me refiero, claro, a los monos que firman los documentos del G-20.

Frente a esos monos antiambientalistas ser radical no es una opción. Es un deber.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista