“Me tocó bailar con la gorda, con la fea”

Quien declara ante los medios de comunicación algo como la frase que sirve de título a esta columna, está seguro de que la analogía que utiliza le sirve para comunicar lo pesado o difícil o poco agradable del encargo que ahora ocupa su tiempo y responsabilidad.

| 21 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 833 Lecturas
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Sucede, sin embargo, que no resulta para nada graciosa la ocurrencia aunque al declarante le parezca divertida. No importa quién lo haya dicho, aunque como en este caso se trate de una autoridad del más alto nivel.

Lo que me parece irresponsable, por calificarlo de alguna manera, es el hecho de creerse graciosete o divertido y de pretender desde el cargo en el que está expuesto a los medios, que él puede ser o parecer muy cunda, criollito, pendejerete, ágil y que tiene calle, y que eso, por cierto, es “lo que le gusta a la gente”.

Hacer comparaciones tan estúpidas como la que comentamos, expone a su autor a la crítica inmediata y a que éste se vea seguidamente obligado a decir que no dijo lo que dijo, o que no quiso decir lo que dijo, pero lo cierto es que lo dijo y de que muchos o lo escuchamos o lo leímos a través de los medios de comunicación, siempre entusiastas cazadores de dislates e irreverencias, ya que ellos saben bien que “eso es lo que le gusta a la gente”.

En el caso de la persona que merece nuestro comentario, este comportamiento no es producto de la casualidad, porque ya van varias monumentales metidas de pata en el corto tiempo en el que ocupa el cargo y sus solemnes y continuas aclaraciones se publican en la reseña periodística acompañadas de fotografías, donde podemos reconocerlo con un rostro, si bien contrito, muy poco creíble.

No está mal el uso del humor, claro está si es que se sabe usar, si se tiene talento para ello. Cuando no se tiene, cuando se carece de éste, como sucede con el funcionario que merece este comentario, es mejor no arriesgar.

Ser consciente del auditorio es condición principalísima de un comunicador y más aún de un comunicador político. Evitar las referencias a género, estereotipos, creencias religiosas, entre las más importantes, debe de ser comportamiento obligatorio en un político.

Recuerdo haber escuchado de un conferencista inaugurando un seminario sobre negociación con un cuento de judíos. A mitad de su historia, que por cierto él consideraba divertida, fue interrumpido por uno de los asistentes para reclamarle respeto, ya que dos de sus compañeros allí presentes eran judíos. No quisiera haber estado en su pellejo en ese momento, pero sí me hubiera gustado saber qué fue lo que hizo para seguir adelante con el tema.

Ser consciente del auditorio pasa por conocerlo, por saber sus necesidades, pasa por respetarlo. El respeto debe expresarse no solo hablando con la verdad, sino también con amabilidad, con palabras sencillas y cercanas.

Medir sus palabras es una recomendación que viaja desde esta columna hacia alguien que le gusta hablar, y eso está bien, pero que debe aprender a escuchar lo que dice, debe repensarse escuchando cómo es que habla con su familia, con su entorno y pedir consejo a quienes lo tienen en alta estima para que lo ayuden a comunicarse con amabilidad, vale decir trabajar por ser una autoridad respetada, por ser cada vez más creíble y cada vez más querible por aquellos por los que trabaja.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista