Me han dicho

Conozco un trabalenguas que empieza con la frase que hoy uso por título: “Me han dicho que has dicho un dicho, un dicho que he dicho yo, ese dicho que te han dicho que yo he dicho no lo he dicho y si yo lo hubiera dicho estaría muy bien dicho por haberlo dicho yo”. Los trabalenguas son usados como ejercicios para destrabar la lengua, pero no voy a hablar aquí de destrabar la lengua sino de destrabar la preocupación.

| 18 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 510 Lecturas
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Compruebo a diario el poco interés, la poca preocupación que tenemos en acudir a la fuente para informarnos de cómo es que debemos proceder en una situación determinada: qué pasos seguir, qué documentos acompañar, dónde entregarlos, en qué plazos, etc.

Reemplazamos alegremente este desinterés, por llamarlo de alguna manera, la frase de marras: “me han dicho”, con sus muchas variantes: “a mí me dijeron que…”, “mi vecino me dijo que…”, “a mi compañero le dijeron…”, “pero si nos han dicho que…”, “dicen que hay que…” y muchas más.

El resultado de cualquier trámite o gestión que emprendamos sin que nos molestemos en averiguar de primera mano, es decir en el lugar donde hay que hacerlo, qué tenemos que hacer y cómo es que debemos de hacerlo, está condenado inevitablemente al fracaso, medido al menos por un indicador: la pérdida de nuestro tiempo.

Para comprobar lo anterior revisemos un trámite cualquiera: pago de arbitrios, matrícula universitaria, declaración de impuestos, consulta médica y así hasta recorrer la burocracia toda. Podemos pasarnos una mañana entera yendo y viniendo, subiendo y bajando, preguntando, escuchando, corrigiendo y fotocopiando, exponiéndonos a caer en las garras de un tramitador que terminará rápida y certeramente con el trámite a costa de nuestro bolsillo sin que nosotros hayamos aprendido cómo es que se debe de hacer. El más simple de los trámites nos puede ocupar así unas cinco horas en promedio cuando pudiésemos haber empleado sólo dos (juego aquí con los números sólo para destacar lo obvio: cuanto más informados estemos menos tiempo perderemos). Pero a la vista de la popularidad de esta dichosa frasecita pareciera que perder nuestro tiempo es lo que menos nos importa.

Que nos importa poco perder tiempo lo tengo claro cuando me viene a la mente las inmensas colas que hacíamos en alguna feria del ayer por hacernos de una bolsa de plástico, barata, ridícula y luego condenada a la basura.

¿Es que acaso no tenemos salida? ¿Vamos a ser siempre así? ¿Cambiaremos en algún momento? No seré pesimista en esta oportunidad, precisamente para no perder mi tiempo. Confío en que cambiemos para mejor. Busquemos darle valor a nuestro tiempo, ya sea que lo usemos para disfrutar con quienes más queremos: pareja, hijos, padres, amigos, o para ocuparnos en lo que nos proporcione placer, en ser mejores cada día y en mucho más.

Para no seguir perdiendo el tiempo debemos invertir algo de tiempo en averiguar con certeza cómo debemos de hacer las cosas, no confiemos en lo que nos digan, dejemos de lado el me han dicho, acudamos nosotros mismos a informarnos, no confiemos en nuestro oído: anotemos. Quizás con este pequeño cambio podamos conseguir más tiempo para nosotros y finalmente destrabar el desinterés y ayudar a que los trámites no requieran de manuales ni de tramitadores.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista