“¡Matemos a Soberón!”

¡Cómplices del MRTA al descubierto! –grita “La Razón”. ¡Son unos miserables encubre-terroristas! –ulula Lourdes Alcorta.

| 26 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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¡Es hora de investigar a las ONG que se ensañaron con Fujimori! –clama Carlos Raffo–. Y añade: ¡Es hora de saber la verdad!

¡Nunca se había visto tal unanimidad en el Congreso! –abona un locutor de RPP recordando su etapa de biógrafo apologético de Fujimori (también lo fue de un textilero con prontuario, pero, en fin, nadie es perfecto).

¡Aprodeh es el brazo político del MRTA! –afirma un columnista que fue conspicuo en el canal-acequia de Vicente Silva Checa y Jorge Morelli.

No es que la Inquisición haya vuelto. Las que han vuelto son la fujiprensa y la fujiatmósfera y las fujitramas de los psicosociales que se cocinaban en el SIN y pasaban a “La revista dominical” y de allí a la prensa coral que amenizaba la fiesta de Boloña y su combo.

Porque, ¿cuál es el crimen de Aprodeh?

Es haber dicho la verdad: que el MRTA se disolvió de facto tras su derrota militar y política en la embajada del Japón y que hoy, sencillamente, no está vigente. Tan cierto es eso que el presidente del Congreso, Luis Gonzales Posada, le tuvo que atribuir al MRTA la autoría del atentado del centro comercial El Polo para demostrar, ante los micrófonos amigables de RPP, “que el MRTA sigue siendo un peligro”. Todo el mundo sabe que ese atentado con nueve muertos fue reivindicado y ejecutado por una célula remanente de Sendero, de cuya ominosa actualidad, en el Vrae por ejemplo, nadie duda.

Es falso que Aprodeh haya exculpado al MRTA de la acusación de terrorismo. En la primera parte de la carta enviada a la eurocámara, la entidad hace un deslinde soberano respecto de la violencia terrorista que practicaron Sendero, como doctrina, y el MRTA, como instrumento eventual. “Aprodeh…ha tenido desde los inicios del período de la violencia política una clara posición de rechazo y condena a los actos de terror de los grupos como SL y el MRTA que operaron en esos años”, expresa el documento fechado el 22 de abril y firmado por Francisco Soberón Garrido y Juan Miguel Jugo Viera. El mismo termina con una reflexión que comparten muchos observadores de la escena política nacional: “…no se debe sobredimensionar la existencia y actividad de un grupo como el MRTA, lo que puede servir para perseguir a activistas sociales y opositores políticos acusándolos injustamente del delito de terrorismo”.

Lo que pasa es que la difamación exorbitada, la histeria ejecutiva y las amenazas de las ñañas y los ñaños de la nueva falange mediática convienen al calentamiento no-global que se quiere crear en el Perú del doctor García. Es decir, primero hay detenciones de campesinos adversarios de Majaz, acusaciones de terrorismo a una decena de ambientalistas, carcelería para los asistentes a una reunión internacional que fue asistida por el cáterin de la municipalidad de Quito. Segundo, algunos voceros de la policía política del peor aprismo –el de Alva Castro– arman una campaña que justifica algunas de esas detenciones arbitrarias. Tercero, se pretende que, ante la proximidad de una cumbre europea importante a realizarse en Lima, Estrasburgo suscriba la tesis de que el MRTA –la única organización que podría estar próxima a las FARC dado su común origen castrista– está vivito, coleando y matando. Todo encaja. Como encaja la canallada de insinuar que este diario es parte de los planes que Chávez, las FARC y la milagrosa laptop de Raúl Reyes disparan a los cuatro vientos.

Es importante para los intereses menos nacionales crear un eje FARC-MRTA-oposición ambientalista-sindicalistas-prensa incómoda. Y si a ese complot tan conveniente puede añadirse “el derechohumanismo” del que habla “La Razón”, pues el modelo colombiano habrá sido casi clonado entre nosotros.

Que el señor Ollanta Humala se preste a las unanimidades que emocionan al Chema y excitan a la Alcorta revela que, en algunos casos, el líder del nacionalismo cede su papel al del inculpado de Madre Mía. No es una coincidencia que haya sido Aprodeh, precisamente, la organización que emprendió la investigación y firmó la acusación en contra de aquel Humala que combatía al senderismo con las armas de la ley y, al parecer, por lo menos en un caso específico, también con las que Fujimori y Montesinos alentaron.

Que Humala se haya vengado de Aprodeh resulta humanamente explicable, tristemente explicable. Que no haya habido un solo congresista nacionalista capaz de romper con esa lógica de acusado con sangre en el ojo sí que resulta extraordinario. ¡La oposición desaparece cuando la peor de las pezuñas del gobierno patea el suelo!

Aprodeh recibe unos seiscientos mil dólares anuales, que provienen de agencias gubernamentales y privadas de los Estados Unidos, Holanda, Bélgica, Francia, Gran Bretaña y Suecia. Sus papeles están en regla y sus balances, a tiro de la Apci siempre, no se parecen a los del Banmat. Su prestigio internacional hizo que, ante el pedido peruano de enmendar un documento ya concertado, algunos eurodiputados verdes y socialistas consultaran con la organización. Que la carta de Aprodeh haya sido el único factor que explique la derrota de García en Estrasburgo es una convenida desfiguración. Podría ser que los que votaron en contra de García hayan sospechado de cuáles podían ser los verdaderos propósitos del régimen que manda en el Perú.

El próximo 13 de mayo, Francisco Soberón deberá estar en San Francisco para recibir un premio especial del “Center for Justice and Accountability”. Junto a Harold Hongjiu Koh, decano de la Escuela de Leyes de la Universidad de Yale, Soberón recibirá el premio Judith Lee Stronach de los Derechos Humanos por su protagónico papel en la hazaña judicial, internacionalmente reconocida, de haber puesto donde ahora está al ciudadano japonés Alberto Fujimori Fujimori, el padre putativo de Raffo y su banda. Entenderán, amables lectores, por qué Soberón, según la lógica de los mandaderos de Giampietri, debe ser mediáticamente “aniquilado”. Quedará como baldón del ollantismo en rompanfilas haberse sumado al vocerío de la señora Alcorta.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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