Máquina defectuosa

Dicen que el cerebro humano es una maravilla. Siempre he pensado, en cambio, que es una máquina defectuosa, parte de un diseño que poco tiene de inteligente.

| 30 agosto 2009 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores |926 Lecturas
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Porque si el cerebro es una maravilla, ¿cómo es posible que no se pueda olvidar a voluntad?

¿Y por qué sólo ciertas anomalías -o algunas drogas- nos permiten ver más allá de lo visible?

¿Y por qué los sentidos están separados en vez de ser variables combinables, lo que nos permitiría conocer qué sabor tiene la felicidad, qué textura la lujuria, qué aroma una jitanjáfora de Reyes?

Más grave aún: ¿Por qué la inteligencia y las emociones están escindidas? ¿No es esa una invitación al crimen que nos formula la naturaleza?

¿Por qué una memoria superlativa puede ser compatible con una mayúscula estupidez?

¿Y por qué la estupidez puede estar engastada sobre un fuerte carácter?

Y socialmente hablando, ¿por qué la política está poblada de fronterizos cuando debería ser el arte que reclutara a los mejores prospectos humanos?

¿Por qué el impulso sexual no tiene un interruptor volitivo que permitiera a algunos curas respetar a sus sacristanes?

¿Por qué nos es tan difícil establecer analogías cuando estas parecen evidentes?

¿Por qué caemos tan fácilmente en el pensamiento binario y en los falsos dilemas?

¿Por qué el pensamiento lateral nos es tan huidizo y por qué la complejidad nos asusta y preferimos el monismo reductor cuando no el maniqueísmo asesino?

¿Por qué la historia es una sucesión de los mismos errores con casi los mismos personajes?

¿Por qué creemos que progresamos cuando miniaturizamos lo que ya teníamos o cuando tendemos redes universales para transmitir, por lo general, los mismos cretinos mensajes del odio que se vuelve miedo y del miedo que se disfraza de odio?

¿Por qué esa máquina defectuosa que es el cerebro no tiene un lóbulo ético, un hipotálamo de la compasión, un hipocampo que nos condujera más allá de la triste, insuficiente y aburrida razón?

¿Por qué quemamos a Servet y creemos, sin embargo, que Dios tuvo varios cónsules y que los seguidores de cada uno de ellos deben seguir matándose?

¿No debiera haber una Federación Mundial de Dioses Homologados?

¿Por qué una teta de Penélope Cruz vale más que una novela de Flaubert?

¿Por qué hemos hecho de la violencia el hábitat psíquico de nuestros niños?

El cerebro humano no es sólo una máquina defectuosa. Es también una máquina perversa.

Perversa porque nos ha hecho creer que es lo mejor de nosotros cuando basta mirar a un perro perdiguero para saber que eso no es verdad. Basta mirarlo con nuestros ojos de cacería y tumba.

Creemos que el cerebro es una fascinante red eléctrica. Pero ese prodigio es el que nos ha guiado por la ruta sin salida del calentamiento global, la guerra como goce, la vulgaridad como virtud y la ignorancia como jactancia.

La verdad es que el cerebro es un óvalo de grasa. Un balón de fútbol americano hecho de lecitina y fósforo. Una entidad sobreestimada que sirve para hacer un nudo de corbata, una bomba atómica, un maíz cruzado con mosquito. Que sirve para todo excepto para el arte de ser felices y de sentirnos prójimos.

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César Hildebrandt

César Hildebrandt

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