Mancha de partidos

Qué grande es la política peruana.

Dice la ONPE que en los dos últimos años se han vendido más de 200 kits para inscribir partidos.

Por Diario La Primera | 21 ago 2009 |    

El Partido de Fonavistas, por ejemplo, ya dio el paso siguiente: presentar las firmas de adherentes para obtener su registro. Me imagino que seguirán su ejemplo el Partido Pensionista, el Frente Unido de Transportistas y la Unión de Bosquistas de Pómac.

Otro caso es el de JUSTE –Justicia, Tecnología, Ecología-, que está en pleno proceso de formalizarse.

Pero a mí la que me fascina es esa ocurrencia llamada “Partido Manpista del Perú”.

Los aburridos dicen que manpista es un derivado remoto del llamado Movimiento de Acción Nacionalista Peruano (Manpe), una esotérica secta fundada dizque en los años 50 por peruanos radicados en Argentina.

Eso dirán los aburridos. Me place pensar que los manpistas competirán, en el 2011, plaza por plaza y villorrio por villorio, con los vampiristas, los cojudistas, los estilistas, los comunistas y los pipistrélicos.

Y sueño con que de esa batalla campal y democrática surja un gobierno orinista (u onirista) que haga chorrear la bonanza para abajo y no sólo para arriba.

Con los keikistas de un lado y los cuchincistas del otro (o sea del mismo), las elecciones del 2011 verán a un ejército de angurrientos disputarse la atención de la tele, los tugurios del dial y, sobre todo, los cupos de financiamiento que algunos empresarios desparraman por si acaso. Porque el negocio es competir.

Es que si Castañeda es líder y Miró Ruiz congresista y Varguitas vocero de bancada, ¿por qué diablos las barras bravas de la muchedumbre no pueden aspirar a entrar a la política por las cañerías de la Onpe?

¡Doscientos formularios de inscripción vendidos!

¿Y cuántos partidos llegarán a inscribirse? ¿Treinta? ¿Cuarenta? Modestamente, ¿veinticinco? Será difícil que algún país subsahariano nos iguale en esto de la democracia cuantitativa, el business del partido propio y la mandrágora de la demagogia.

En el Perú la política, por lo general, se ha convertido en el premio consuelo de la estupidez. Si en todo te ha ido mal, si tu vida se parece a una maleta vacía y eres un personero del fracaso, siempre podrás ir a la Onpe, comprar tu kit, llenarlo con firmas de otros sonámbulos e inscribirte. Con lo que en tu hoja de vida resplandecerá el renglón de “ex candidato a la presidencia de la república”, que es una profesión que no se estudia pero que rinde y suena.

Hay una relación inversamente proporcional entre la seriedad de una sociedad y el número de sus constituciones, leyes o partidos.

Desde ese punto de vista, nuestras constituciones proliferantes (hay una que fue llamada vitalicia y tuvo una vigencia de 49 días), nuestras leyes que se cuentan por miles y nuestros partidos hormigueantes nos convierten en un país abiertamente cómico.

Lo serio es que ese hacinamiento de siglas y vanidades expresa el fracaso del consenso y la crisis de la institucionalidad. Nos falta un proyecto nacional capaz de entusiasmar casi a todos. Nos sobran egos de pacotilla.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista