Mamacha en toples

Griselda Gómez volvió a su pueblo, en las alturas remotas de la provincia ayacuchana de Cangallo, vestida con un pantalón negro de lana, una falta grande y verde encima del pantalón, zapatillas deportivas blancas y una chompa sumamente roja y llamativa.

| 28 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.4k Lecturas
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Desde la carretera, para llegar al pueblo de las alturas, todos los habitantes del lugar tienen que subir caminando dos horas por el hilo serpenteante de un solo sentido que cubre el cerro gigantesco y abrumador.

Ese día en que Griselda Gómez llegó a la carretera, la mañana era clarísima, con un sol débil, pero brillante que ayudaba a la caminata. Ella, contenta por ver a sus nietos, comenzó a marcar sus pasos cantando un huayno alimeñado de William Luna. Casi a medio camino, en el centro del cerro gigantesco, vio que por la vía, en sentido contrario al de ella, venía un toro ligeramente joven con un unos cuernos enormes como cuchillos. Ella sabía cómo sortear a los toros; pero de pronto se dio cuenta que tenía un chompa sumamente roja y llamativa. “Ay, papa Dios”, dijo preocupada al recordar lo que le decía su mamá: “Cuídate de los toros si tienes algo rojo”.

El toro bajaba del cerro con tranquilidad por el camino; pero cuando vio a Griselda, como a 30 metros de ella, se quedó quieto, con los ojos enojados.

“Ay, papa Dios”, repitió Griselda y empezó a quitarse la chompa sumamente roja y llamativa, con cuidado mirando fijamente a los ojos bravos del toro. El toro también la miraba botando aire con violencia por la nariz hacia el piso y levantando polvo al sacudir las patas hacia atrás. “Ay, papa Dios”, dijo Griselda otra vez, al darse cuenta que su blusa también era roja y llamativa. Se la quitó, pero el toro empezó a correr endemoniadamente para embestirla, porque el sostén de Griselda también era sumamente rojo y llamativo. “Ay, papa Dios”, gritó Griselda y empezó a correr hacia la carretera después de lanzar su sostén hacía los arbustos con sus partes nobles al aire. Mientras corría, gracias al miedo y la adrenalina, recordó que para escapar de los toros debía tirarse al piso como un soldado dispuesto a rampar. Así lo hizo y se salvó del toro cangallino que podía sacarle las tripas a la pobre campesina que hizo toples en medio de un cerro para salvar su vida.


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