Luces y sombras de Thorndike

Ha muerto Guillermo Thorndike y en esta hora de hipocresías funerarias hemos tenido que escuchar esos elogios de velorio y esas penas casi obligatorias que acompañan a la florería de ocasión.

Por Diario La Primera | 10 marzo 2009 |  9k 
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Lo peor de una muerte son los discursos y la mayor parte de los discursos son la muerte. Pero en el caso de Thorndike los desmanes apologéticos y la tristeza profesional de algunos locutores suenan especialmente insufribles.

Porque quizá la manera más delicada de asistir al entierro de Thorndike sea guardando un prudente silencio. Un silencio que evoque al gordo amable y al magnífico padre y al indesmayable escritor que fue también Guillermo Thorndike.

De otra manera tendríamos que repasar la vida de un hombre extraordinariamente talentoso que hizo todo lo posible para ser recordado no por su talento sino por las debilidades de su carácter y su varias veces demostrada falta de escrúpulos.

Todo en Thorndike fue contradictorio. Creaba publicaciones que luego quería asesinar, amasaba fortunas sólo para darse el gusto de dilapidarlas, escribía libros por encargo mientras se apasionaba siguiéndole la pista al más puro de los peruanos –quizás debiera decir al único peruano digno de asociarse con la pureza-: Miguel Grau. Era casi como sumergirse en Grau para sacarse el sarro de tantas inmersiones en los manglares del oficio.

Fundó “La República” pero dirigió “La Razón” fujimorista, se jugó por Velasco pero trabajó al lado de Ramírez Erazo, fue el padre de un estilo que consistía en titular a gritos pero también fue padrino de Pepe Olaya.

¿Qué recordar de él, para ser justos y amables a la hora de su muerte?

¿Recordar su excelente “1879” o su papel al lado de los hermanos Winter en plena dictadura? ¿Su versión entre histórica y novelada pero de cualquier modo formidable de “El año de la barbarie” o su trabajo como director de “Página Libre”, el diario que Alan García montó para él con el propósito de enlodar a Vargas Llosa y ayudar al naciente Fujimori?

Thorndike le dijo a Jorge Coaguila en el 2008, en las páginas de “La Primera”, que gracias a “Página Libre” “le volteamos la escalerita (a Vargas Llosa)”.

No fue para tanto, pero sí es cierto que “Página Libre” ayudó a escribir la agenda que terminó con el triunfo inesperado de aquel Fujimori que había pactado con García un canje de ayudas de campaña por impunidades del futuro. Que Fujimori traicionara ese pacto en 1992 confirmó que el ciudadano binacional que nos gobernó la década del asco superaba en capacidad de traición al promedio de los políticos netamente peruanos.

En su famoso libro autobiográfico, Mario Vargas Llosa escribió lo más violento que alguien pudo escribir en torno a Thorndike:

“Alan García, con su intuición infalible para este género de operaciones, reclutó a varios de ellos para que fueran sus mastines y me los lanzó armados con las armas que manejan tan bien...El primer contratado fue –gran paradoja- un periodista mercenario que había servido fielmente a Velasco desde la dirección de “La Crónica”, un personaje del que se puede decir, sin temor a equivocarse, que es el más exquisito producto que el periodismo de estercolero haya forjado en el Perú: Guillermo Thorndike...”

Muy pocas veces Vargas Llosa ha escrito algo de tan vitriólicas características. Lo cierto es que el papel que cumplió Thorndike en “Página Libre”, un diario que se ideaba en el hotel “Crillón”, donde García había alquilado una suite para que su matón periodístico hiciera de las suyas cada noche, fue repulsivo. Fue, además, el pago con el que Thorndike canceló la factura de su nombramiento como representante diplomático de García en la sede de Washington de la OEA.

En esa misma entrevista con Coaguila, Thorndike trató de explicar su paso por algunos muladares del periodismo con estas tristes palabras:

“Hay épocas en las que uno tiene que trabajar limpiando baños, letrinas...”

¿Era consciente Thorndike, entonces, de la naturaleza de algunas de las tareas que se impuso para sobrevivir?

Esa frase antecitada, que reiteraría meses más tarde en “Perú 21”, indica que sÑ

Y ese es el reproche mayor que podría merecer el personaje. El daño que le hizo Thorndike a la profesión periodística fue enorme.

Porque al imitar a Federico More, tanto en venalidad como en talento, Thorndike envió el mensaje que la derecha y los politicastros bebieron con angurria: los periodistas se alquilan y se tiran después de usarse. Y a partir de ejemplos como el suyo es que el empresariado periodístico ha considerado el oficio de informar como algo que debiera estar a cargo de ejércitos mercenarios.

Otro inmenso talento que terminó arrendándose y subarrendándose al mejor postor fue Luis Felipe Angell, Sofocleto. Precisamente a raíz de la muerte del humorista, Thorndike recordó una de las mejores boutades de sus “Sinlogismos”: “La inmortalidad es el arte de morirse a tiempo”.

Si aparte de perversa esa frase fuera cierta, pocos podrían negar que Thorndike ha pasado al panteón de los inmortales de la prensa peruana.

Referencia
Propia

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

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    Columnista

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