Los hijos de la tía Clementina

La tía Clementina, quien se había quedado con sus dos hijos menores en Cangallo, cuando mi familia escapó de las garras del terrorismo, llegó a Lima tres años después que nosotros.

Por Diario La Primera | 07 jul 2012 |    

Nosotros llegamos en el verano de 1982 y la tía Clementina en el invierno del 85. Llegó a la casa una madrugada de garúa y se puso a llorar luego de abrazar largo rato a mamá. “Se los llevaron, se los llevaron; mis hijos, mis hijos”, decía a la luz de la velas.

Los senderistas se habían llevado al monte a sus hijos menores Arturo y Edgard. “Cuando ustedes escaparon, esa misma semana, llegaron para llevarse a los niños, los chiquillos, a las chiquillas. Se los llevaron a mi Arturito y a mi Edgard también”, decía.

Cierta noche, cerca de cincuenta encapuchados habían rodeado el pueblo. Habían convocado casa por casa a todos los campesinos a la plaza y en ella les habían dicho con armas en la mano: “Llegaremos a Lima caminando para tomar el poder y queremos que el ejército del pueblo se haga más grande”.

La tía Clementina contó que esa noche se llevaron a cuarenta menores del pueblo, niños de 12 a 16 años, amarrados y con las cabezas cubiertas en fila india como ganados. “Toda la noche los seguí para recuperar a mis hijos, a escondidas para que no me dispararan; caminé horas enteras y los perdí. Luego caminé días enteros por los cerros y las montañas. Los busqué por todos los pueblitos cercanos. No pude encontrarlos”, relató.

Su vida desde entonces se convirtió en un abismo; un vacío enorme le dolía cuando recordaba la noche en que perdió a sus hijos. A veces, el recuerdo de las sonrisas y sus cantos de fiesta eran las ventanas de luz de ese infierno. “Mejor me hubieran matado; mejor me hubieran cortado el cuello como a los otros. Quiero a mis hijos, quiero a mis hijos”, decía.

Cuando amaneció vi que la tía Clementina había envejecido. Su cabeza se había cubierto de una nieve extraña. Su pollera estaba muy gastada tanto como sus yanquis; su chompa de lana tenía huecos enormes que los cubría con una manta. Tenía la mirada perdida. No dejada decir: “papá Díos, mis hijos; papá Dios, mis hijos”. Me asusté. Mi madre me dijo en voz bajita: “Tú tía está mal, no tengas miedo. Solo escúchala”.

    El Escorpión

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