Los golpes se sancionan

En lugar de José Manuel Zelaya Rosales, el presidente depuesto podría llamarse Cristina Fernández, Michelle Bachelet, Álvaro Uribe, Alan García, Miguel Calderón o Hugo Chávez. El efecto hubiese sido el mismo: la ruptura de la institucionalidad democrática. También sería la misma la reacción internacional: inviabilizar el golpe a través de la acción diplomática y las sanciones legales y legítimas

Por Diario La Primera | 06 julio 2009 |  450 
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Como toda fuerza golpista, los conjurados (militares, políticos y empresarios antidemocráticos) hicieron bien sus tareas internas, al revestir el golpe de una apariencia legal a través de una resolución de la Corte Suprema y la designación de un presidente civil por el Congreso. Si la democracia estuviese protegida sólo por la ley interna, el golpe se habría legitimado. Pero no ha sido asÑ La democracia es un bien público protegido internacionalmente. Su estabilidad está garantizada por el Derecho Internacional: la Carta de la OEA y la Carta Democrática Interamericana.

Los golpistas lo calcularon todo, menos el factor externo. Minimizaron la capacidad de reacción regional y mundial. Pensaron, falsamente que al ser el régimen de Manuel Zelaya un gobierno cercano a Chávez y miembro del ALBA, Estados Unidos tendría una reacción permisiva. Craso error. Obama tiene la oportunidad de demostrar -y lo está haciendo- que Estados Unidos de hoy no amparan golpes de derecha contra gobiernos de izquierda, ni de izquierda contra gobiernos de derecha. Como no lo puede hacer ningún gobierno democrático de la región. La reacción de Estados Unidos ha sido firme y, lo más importante, en consonancia con el consenso regional, sin ejercer una política de poder de gran potencia. Washington no ha dudado en actuar en la OEA de consuno con Venezuela y México, Bolivia y Costa Rica, o Brasil y Nicaragua, para aprobar por aclamación las resoluciones que desconocen al gobierno golpista y lo sancionan con la suspensión de su membresía en el organismo regional.

Se ha producido en la OEA un gran consenso democrático, más allá de orientaciones políticas o “modelos” económicos. Esta realidad, inédita en la región, muestra con claridad que el único sistema protegido internacionalmente es la democracia. Y que las fuerzas antisistema son aquellas que conspiran o atentan contra la institucionalidad democrática y la vigencia de los derechos humanos. Dentro de la democracia, el pluralismo en la orientación ideológica, política, económica y social de los gobiernos es la normalidad cotidiana. Esta prescripción doctrinaria, a partir de la crisis hondureña, ha dejado de ser sólo una expresión de la teoría política. Se ha convertido en una práctica de los estados de la región, legitimada por un consenso que va de Obama a Chávez, de Uribe a Evo Morales o de Calderón a Mauricio Funes.

Las fuerzas antisistema, es decir las fuerzas antidemocráticas han sido notificadas que la Carta Democrática se aplica, que sus previsiones se cumplen y que los intentos de golpe se sancionan. Queda, también, confirmado el anacronismo de la política exterior del presidente García, basada en la invención de una nueva guerra fría, cuya sola mención ruboriza a los estudiantes iniciales de relaciones internacionales.
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Propia

    Manuel Rodríguez Cuadros

    Manuel Rodríguez Cuadros

    Opinión

    Columnista

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